Lox vivía en el bosque con su hermano menor, un chico pequeño. Al llegar el invierno se internaron entre los árboles para cazar y encontraron un lago enorme cubierto de aves: gansos, barnaclas, patos negros, patos del bosque y muchas especies pequeñas.
El chico se entusiasmó.
—¿Cómo vamos a atraparlos?
—Primero hay que construir una vivienda grande, bien fuerte y con una puerta pesada.
Cuando estuvo lista, Lox mandó a su hermano a una punta de tierra. Debía anunciar a las aves que había llegado su rey y quería recibirlas con todos los honores.
Lox se vistió con gran solemnidad y se sentó junto a la puerta, con los ojos cerrados. El chico invitó a las aves a entrar y escuchar al gran jefe. Se acomodaron por tamaño: primero los gansos, después los patos, y las aves más pequeñas quedaron cerca de la entrada. El muchacho entró último, cerró la puerta y la sostuvo.
—¡Cierren los ojos! —les ordenaron—. No los abran hasta que se lo indiquemos. Si miran antes de tiempo la magnificencia de su rey, quedarán ciegos para siempre.
Las aves obedecieron. Lox se acercó sin ruido, las sujetó por las alas y empezó a matarlas con los dientes, una por una. Así acabó con los gansos, las barnaclas y los patos negros.
El hermano menor sintió lástima por las aves pequeñas. Ya tenían más comida de la necesaria. Se inclinó y le susurró a una que abriera los ojos.
El pajarito obedeció con miedo. Al ver lo que pasaba, gritó:
—¡Nos están matando a todos!
Las aves abrieron los ojos y volaron aterradas dentro de la casa. El chico se dejó caer como si lo hubieran derribado y la puerta quedó abierta. Las aves escaparon por encima de él, mientras Lox seguía atrapando y matando a las que alcanzaba.
Para disimular su ayuda, el muchacho sujetó por las patas a la última. Pero Lox sospechó igual. Lo agarró con violencia y estuvo a punto de golpearlo. El chico insistió en que las aves lo habían tirado al suelo y abierto la puerta, sin que él pudiera impedirlo. Al fin Lox lo creyó y lo dejó.
Desplumaron las aves, guardaron las menudencias y cortaron y secaron la carne para el invierno.
Con tantas provisiones, Lox dio una fiesta. Entre los invitados estaban Marta y Mahtigwess, el Conejo, que conversaron largamente. Lox los escuchó y después preguntó dónde estaba su aldea y quiénes vivían allí. Le dijeron que había osos, caribúes, ciervos, lobos, gatos monteses, ardillas y ratones, y le mostraron el camino.
Tiempo después, Lox tomó la apariencia de una muchacha muy hermosa. Llegó a la aldea y se casó con el joven jefe.
Había dejado a su hermanito Marta escondido en un árbol hueco, fuera del poblado. Cuando el chico tuvo hambre, empezó a aullar. Los habitantes se asustaron, pero la nueva esposa del jefe explicó:
—Es el Espíritu del Hambre. Escuchen cómo pide comida. Si llega hasta acá, habrá hambre y horror. Ya lo vi una vez.
—¿Podés alejarlo?
—Sí. Denme una piel bien curtida de un alce de un año y bastante grasa de alce.
Con lo que pidió, Lox salió a la oscuridad gritando el nombre de su hermano de un modo que nadie entendía. Le dio comida, lo envolvió en la piel y le pidió que esperara. Los aullidos cesaron. La aldea creyó que la esposa del jefe poseía grandes poderes.
Después anunció que iba a tener un hijo. Cuando llegó el momento, entregó un bulto envuelto y dijo que allí estaba el bebé. Lo besaron por fuera de la manta. Pero el jefe la abrió y encontró el cuerpo seco de un feto de alce.
Enfurecido, lo arrojó al fuego. Todos salieron a perseguir a Lox, que corría con su hermano hacia el lago. Al llegar a la orilla, el hechicero tiró un palo al agua. Se convirtió en una canoa. Antes de que los alcanzaran, los dos habían cruzado y desaparecido entre los árboles.
Otro día Lox estaba sentado sobre un tronco cuando pasó un Oso. El Oso era sociable: se sentó junto a él y compartieron una pipa. Mientras hablaban, una gaviota voló sobre sus cabezas y dejó caer sus excrementos sobre Lox.
Lox se limpió y le gritó:
—¡Desagradecida! ¿Así me pagás haber hecho blancas tus plumas?
El Oso quería ser blanco, porque consideraba a los osos blancos los más distinguidos.
—¿Vos hiciste blanca a la Gaviota? ¿Podrías hacerme blanco a mí?
—Podría, pero es un trabajo largo y doloroso. Tal vez te mueras. La Gaviota lo soportó, pero no sé si un Oso podría.
El Oso estaba seguro de resistir todo lo que resistiera una gaviota. Lox construyó una pequeña casa de piedra, de menos de un metro de alto, lo metió adentro y arrojó piedras al rojo vivo. Después vertió agua por un agujero del techo. El vapor llenó el encierro.
—¡Está demasiado caliente, doctor Lox! ¡Me estoy muriendo!
—Ánimo. La Gaviota soportó el doble.
—¡No aguanto más!
Lox agregó piedras y agua. El Oso gritó que lo dejara salir y finalmente rompió la puerta.
Lox lo examinó. Los osos viejos tienen una pequeña mancha clara en la parte alta del pecho, que no alcanzan a verse.
—Qué lástima. Justo empezabas a volverte blanco. Acá está la primera mancha. Cinco minutos más y terminábamos. Veo que no tenés el valor de una gaviota.
El Oso quedó avergonzado y decepcionado. Preguntó si la mancha existía de verdad. Lox lo llevó hasta una poza para que se mirara. Allí estaba.
—¿Podemos empezar otra vez?
—Sí, pero ahora va a ser más caliente, más difícil y más largo. No lo intentes si tenés miedo, y no me culpes si te morís.
El Oso volvió a entrar. Nunca salió vivo. Lox tuvo carne asada y aceite de oso para todo el invierno.
Le dio un poco de aceite a su hermano menor. El chico lo llevó en un recipiente y, junto al arroyo, encontró a una Rata Almizclera.
—Si lo endurecés, te doy la mitad.
La Rata Almizclera lo dejó duro como hielo. Entonces el chico le dijo:
—Si mi hermano viene a pedirte lo mismo, quedate con todo.
Volvió y le mostró el aceite endurecido a Lox. Lox llenó un recipiente grande y fue a pedirle a la Rata Almizclera que hiciera lo mismo. Ella tomó el recipiente, se alejó nadando y no regresó.
Lox se enfureció con su hermano. Recordó a los patos y ahora quedó convencido de que también aquella vez lo había engañado. Entonces lo mató.





