Un anciano viajaba con una cierva que no se apartaba de su lado. Si alguien le preguntaba por qué la cuidaba tanto, respondía algo difícil de creer: aquella cierva era su esposa.
Muchos años antes, él había adoptado al hijo de una mujer esclavizada que vivía en su casa. Lo quería como propio y había decidido dejarle su herencia. Su esposa, que no había tenido hijos, ocultaba un rencor cada vez mayor hacia los dos.
El hombre tuvo que ausentarse durante un año. Antes de irse, le pidió que cuidara de la madre y del chico. Durante su ausencia, ella aprendió hechicería con otro propósito: convirtió a la mujer en vaca y al hijo en ternero. Después los entregó al encargado del ganado como si fueran animales recién comprados.
Cuando el marido regresó, su esposa le dijo que la madre había muerto y que el muchacho había desaparecido. Él buscó noticias durante meses, sin encontrar ninguna.
Llegó una fiesta y el anciano pidió una vaca para el sacrificio. El encargado trajo a la madre encantada. Al verlo, el animal empezó a llorar. El hombre no entendía aquellos ojos llenos de lágrimas, pero no pudo levantar la mano contra ella.
—Llevátela —dijo.
Su esposa insistió en que era la mejor vaca. Finalmente, el hombre ordenó al encargado que la sacrificara lejos de él. Así murió la mujer sin que nadie hubiera descubierto el hechizo.
Después trajeron al ternero. Apenas reconoció a su padre, se echó a sus pies y apoyó la cabeza contra el suelo. La esposa volvió a exigir que lo sacrificaran. Esta vez el anciano se mantuvo firme.
—A este no. Cuidalo y traé otro.
Al día siguiente, el encargado volvió con una noticia. Su hija había visto al ternero y primero había sonreído; enseguida se había puesto a llorar. También ella conocía la magia. Había reconocido al joven y comprendido lo ocurrido con su madre.
El anciano corrió a verla.
—¿Podés devolverle su forma?
La muchacha aceptó con dos condiciones: casarse con el hijo y castigar a la mujer responsable. El padre consintió, pero pidió que le perdonara la vida a su esposa.
La joven pronunció unas palabras sobre un recipiente de agua y roció al ternero. En su lugar apareció el hijo perdido. Su padre lo abrazó una y otra vez, como si todavía necesitara comprobar que estaba allí.
El joven aceptó casarse con quien lo había rescatado. Antes de la boda, ella transformó a la esposa del anciano en cierva. El padre había pedido esa figura para poder tenerla cerca sin miedo.
Pasaron los años. La joven que había roto el hechizo murió, y su marido salió de viaje. Entonces el anciano fue a buscarlo. Como no quería dejar a su esposa al cuidado de extraños, se la llevó consigo.
Por eso caminaban juntos: un hombre que buscaba a su hijo y una cierva cuya historia nadie podía adivinar con solo mirarla.



