Dos hermanos fueron a cazar en otoño hasta las cabeceras del Penobscot. Pasaron allí el invierno. En marzo ya tenían gastadas las raquetas y los mocasines, y desearon que hubiera una mujer para arreglarlos.
Al día siguiente el menor volvió primero, como hacía habitualmente para preparar la vivienda antes del regreso de su hermano. Encontró todo cambiado: la ropa estaba remendada, el piso barrido, el fuego encendido y la olla hirviendo.
No dijo nada. Al otro día ocurrió lo mismo. A la mañana siguiente salió apenas un trecho y regresó a esconderse cerca de la entrada.
Vio llegar a una joven hermosa y bien vestida. Ella entró y empezó a ocuparse de la casa. Él la observó por una abertura y después apareció en la puerta.
La muchacha se asustó, pero él la tranquilizó. Pronto se hicieron amigos y pasaron el día jugando como chicos.
Cuando el sol bajaba, ella dijo:
—Tengo que irme. Oigo venir a tu hermano y le tengo miedo. Mañana vuelvo.
Se fue antes de que llegara el mayor. Al día siguiente volvió y jugaron otra vez hasta la tarde. El joven le pidió que se quedara para siempre.
—Contale todo a tu hermano. Tal vez pueda quedarme con ustedes. Sé hacer las raquetas y los mocasines que necesitan, y también canoas.
Esa noche el menor habló. Su hermano se alegró de que alguien pudiera cuidar la vivienda y fabricar lo que les faltaba.
A la mañana la joven oyó que él aceptaba. Se fue de prisa y regresó al mediodía tirando de un trineo cargado de ropa y armas: también era cazadora. Cocinaba, cosía y sabía hacer todo lo necesario para vivir allí.
Antes de su llegada, los hermanos habían tenido poca suerte cazando. Desde entonces les fue muy bien. Cuando la nieve se ablandó y llegó la hora de regresar, tenían una cantidad extraordinaria de pieles.
Bajaron juntos el río en canoa. Al acercarse a la aldea, la muchacha se puso triste. Sin que ellos lo supieran, había enviado su alma por delante para mirar la casa de los hermanos.
Al llegar a una punta de tierra les pidió que se detuvieran.
—Tengo que dejarlos acá. No puedo seguir. No les hablen de mí a sus padres. Su padre no me querría.
Ellos trataron de convencerla, pero no cambió de opinión.
Los hermanos llegaron con sus pieles. El mayor estaba tan orgulloso de la cacería y de aquella aventura que contó todo.
Su padre se enfureció.
—Toda mi vida temí esto. Esa mujer es un espíritu maligno del bosque, una hechicera emparentada con otros seres peligrosos.
Habló tanto y con tanta fuerza que los asustó. El mayor aceptó salir a matarla. El menor lo siguió a distancia.
La encontraron bañándose junto al arroyo. Al verlos, ella corrió hacia una pequeña colina. El mayor le disparó una flecha. Alrededor de la joven se agitaron plumas y, en un instante, la vieron alejarse volando como una perdiz.
Regresaron a contárselo al padre. Él aprobó lo que habían hecho y aseguró que conocía a esos seres femeninos que buscaban destruir a los hombres.
Pero el menor no podía olvidarla. Volvió al bosque y la encontró, tan amable como antes.
—Yo no quise que mi hermano te disparara.
—Lo sé. Sé que fue por tu padre. Pero no lo culpo: esto viene de los tiempos antiguos y todavía no terminó. Lo más grande está por venir. Por ahora, dejemos que este día sea sólo este día. Lo de mañana será de mañana y lo de ayer ya pasó.
Jugaron felices entre los árboles y en los claros. Se contaron historias hasta el atardecer. Cuando el Cuervo regresaba a su árbol, el joven dijo que debía volver.
—Cuando quieras verme, vení al bosque —respondió ella—. Y acordate: no te cases con otra. Tu padre quiere hacerlo y pronto te lo va a decir. Te lo advierto por vos.
Le repitió palabra por palabra lo que su padre había dicho. Él ya sabía que no era una mujer común y no le importaba. Se sentía valiente, como si estuviera por encima de todo. Ni siquiera lo detuvo que ella le anunciara que moriría si se casaba con otra.
Al llegar, su padre lo recibió con la noticia:
—Te conseguí una esposa. La boda tiene que ser enseguida.
—Está bien. Que así sea —contestó él.
Llegó la novia. Durante cuatro días bailaron y celebraron el casamiento. El último día, el joven dijo:
—Este es el final de todo.
Se acostó sobre una piel de oso blanco y enfermó gravemente. Cuando le llevaron a la novia, ya estaba muerto.
Su padre sabía qué le había ocurrido, y sabía más cosas que no contó. Ya no quiso vivir allí. Se fue con los suyos, que terminaron dispersándose por lugares lejanos.




