Un viajero cruzaba el bosque cuando oyó a lo lejos pasos que golpeaban el suelo. Quiso encontrar a quienes hacían aquel ruido. Caminó una semana entera hasta llegar a un árbol alrededor del cual bailaban un hombre y una mujer.
En la copa había un Mapache. La pareja había pisado tanto el mismo lugar que abrió una zanja y ya estaba hundida hasta la cintura.
—¿Por qué hacen eso? —preguntó el viajero.
—Tenemos hambre. Estamos tratando de hacer caer el árbol con la danza para atrapar al Mapache.
—Hay una manera nueva y mejor de derribar árboles —les dijo.
Acordaron que, si él lo conseguía, ellos se quedarían con la carne y él recibiría la piel. Les mostró cómo cortar el tronco y derribó el árbol. La pareja atrapó al animal; la mujer curtió la piel y se la entregó al viajero.
Más adelante encontró a otro hombre que llevaba una casa entera sobre la cabeza: una gran vivienda de corteza de abedul, con muchas habitaciones.
Al principio sintió miedo, pero el desconocido dejó la casa en el suelo, le dio la mano y se mostró amistoso. Se sentaron a fumar y conversar.
El dueño de la casa vio la piel de Mapache en el cinturón del viajero.
—Qué buena piel, hermano. ¿Dónde la conseguiste?
Escuchó la historia de la pareja que bailaba y quiso comprarla. Ofreció una cosa y otra, hasta que al fin ofreció su casa. El viajero aceptó.
Entró a examinarla. Había muchas habitaciones y buenos muebles.
—Nunca voy a poder cargar algo así.
—Probá —dijo el desconocido.
La levantó: era tan liviana como una canasta.
Se despidieron. El viajero caminó con su casa hasta la noche. Al llegar a una loma arbolada, cerca de un buen manantial, decidió instalarse.
Encontró una habitación con una cama muy cómoda, cubierta por una piel de oso blanco. Estaba cansado y durmió profundamente.
A la mañana vio colgados de las vigas alimentos deliciosos: venado, jamones, patos, canastas de bayas y azúcar de arce, y mazorcas de maíz.
Contentísimo, extendió los brazos y saltó hacia ellos.
En ese instante la piel blanca se derritió y corrió como agua: era la nieve del invierno. Sus brazos se abrieron en alas y voló hacia la comida, que eran los primeros brotes del abedul.
Era una Perdiz. Había pasado el invierno bajo un montón de nieve y ahora salía a recibir la primavera.




