En los tiempos lejanos, cuando la gente vivía todavía en la mañana roja anterior a la salida del sol, Glooskap viajó hacia el extremo norte, donde todo era hielo.
Encontró una vivienda y entró. Allí estaba un gigante enorme: era Invierno.
Glooskap se sentó. Invierno le ofreció una pipa y empezó a contar historias de otros tiempos. Mientras hablaba, su encantamiento helado rodeaba al visitante. Glooskap se quedó dormido.
Durmió seis meses, como un sapo. Después el hechizo se retiró y él despertó.
Salió hacia su casa, rumbo al sur. A cada paso hacía un poco más de calor. Las flores comenzaron a brotar y a hablarle.
Llegó a un bosque donde bailaban muchos seres pequeños. Su reina era Verano, la más hermosa. Glooskap la tomó en brazos y se la llevó, valiéndose de una treta para retenerla.
Había cortado un cuero de alce en una tira muy larga. Mientras corría con Verano, dejó que un extremo de la cuerda arrastrara detrás de él. Los seres de la luz lo agarraron y tiraron. Pero la tira seguía desenrollándose mientras Glooskap avanzaba, y por más que ellos tiraban, él los dejaba atrás.
Así regresó a la vivienda de Invierno, esta vez con Verano junto al pecho.
El gigante lo recibió con gusto: esperaba dormirlo otra vez con su frío. Pero ahora quien contó las historias fue Glooskap, y su magia resultó más fuerte.
Pronto el sudor comenzó a correr por la cara de Invierno. Después se derritió más y más, hasta desaparecer. Su vivienda también se derritió.
Todo despertó. Creció el pasto, salieron los pequeños seres del bosque y la nieve bajó por los ríos, arrastrando las hojas muertas.
Glooskap dejó allí a Verano y volvió a su casa.





