En los tiempos antiguos había una aldea escondida entre montañas. Sus habitantes vivían bien: cazaban y trabajaban, y tenían cerca un arroyo de agua excelente. Pero no había otra fuente en toda la región, salvo algunos charcos de lluvia. Nadie había encontrado un manantial.
Un otoño, aun después de llover, el arroyo empezó a bajar. Cada día traía menos agua, hasta que el cauce quedó seco como un hueso entre las cenizas del fuego.
Se decía que río arriba existía otra aldea, en tierras que ninguno de ellos conocía. Mandaron a un hombre a averiguar si allí estaba la causa de la sequía.
El mensajero caminó tres días. Al llegar encontró un dique que cortaba el arroyo y retenía toda el agua en un estanque.
—¿Por qué hicieron esto? —preguntó—. Ese dique no les sirve y a nosotros nos deja sin agua.
Le dijeron que fuera a hablar con el jefe: él había ordenado construirlo.
El jefe estaba tendido en el barro. Tenía forma humana, pero su cuerpo era enorme e hinchado; los ojos amarillos sobresalían de la cabeza y la boca se extendía casi de oreja a oreja. Sus pies eran anchos, con dedos muy largos.
El mensajero explicó lo que ocurría. Al principio el jefe no contestó. Después croó y finalmente bramó:
—Hagan lo que quieran. ¿A mí qué me importa? Si quieren agua, búsquenla en otro lado.
El hombre insistió. Le contó que la gente estaba muriendo de sed. Al jefe aquello pareció divertirlo. Por fin se levantó, llegó al dique de un salto y abrió un agujerito con una flecha. Empezó a salir un hilo de agua.
—Ahora, ¡andate! ¡Andate! ¡Andate!
El mensajero volvió sin mucho consuelo. Durante unos días corrió un poco de agua por el arroyo, pero pronto volvió a detenerse y regresó el sufrimiento.
Glooskap, que conocía lo que pasaba en el corazón de personas y animales, supo de aquella desgracia. En la aldea estaban reunidos en consejo: habían resuelto mandar al más valiente, armado y cantando su canción de muerte. Tendría que conseguir que abrieran el dique o intentar algo desesperado, aunque no regresara.
A Glooskap le agradó ese valor. Apareció entre ellos con una figura temible, de unos tres metros de altura. Llevaba un centenar de plumas rojas y negras en el cabello, la cara pintada de rojo, anillos verdes alrededor de los ojos y una gran concha en cada oreja. Detrás de su cuello un águila desplegaba las alas.
Los habitantes temblaron y lo admiraron. Algunos creyeron estar ante Lox, el gran Glotón, o ante Mitche-hant. Después de escuchar lo ocurrido, Glooskap les dijo que se animaran: iba a poner las cosas en orden.
Remontó el cauce seco hasta la otra aldea. Se sentó y pidió a un chico que le trajera agua.
—Acá nadie puede recibirla si no la da el jefe —contestó el chico.
—Entonces decile que se apure.
Glooskap esperó más de una hora, sentado sobre un tronco y fumando su pipa. El chico volvió con una tacita, ni siquiera llena hasta la mitad, de agua muy sucia.
—Voy a ver a tu jefe. Creo que pronto me va a dar algo mejor.
Se presentó ante él.
—¡Dame de beber! ¡Y dame agua buena, criatura del barro!
El jefe lo insultó y le ordenó buscar agua donde pudiera. Entonces Glooskap le clavó una lanza en el vientre. De allí brotó un río poderoso: el jefe había absorbido en su propio cuerpo toda el agua que debía haber corrido por el arroyo.
Glooskap creció hasta alcanzar la altura de un pino gigante. Tomó al jefe en una mano, le apretó la espalda hasta plegarla y lo arrojó a la corriente. Se había convertido en la Rana Toro. Por eso, dice el cuento, todavía tiene arrugas en la parte baja del lomo: son las marcas de aquel apretón.
Glooskap regresó a la aldea. No encontró a nadie.
Mientras él estaba lejos, los habitantes habían empezado a hablar de lo que harían si tuvieran toda el agua fresca y limpia del mundo.
—Yo viviría en el barro blando, siempre húmedo y fresco —dijo uno.
—Yo me tiraría de las rocas y bebería mientras me zambullo en el agua profunda —dijo otro.
—A mí me gustaría que las olitas me llevaran de acá para allá: vivir en tierra, pero siempre bañado por el agua —dijo un tercero.
—Ustedes no saben pedir —respondió el cuarto—. Yo viviría todo el tiempo en el agua y nadaría para siempre.
Habían pronunciado esos deseos justo a la hora en que todos los deseos humanos se cumplen. El primero se volvió sanguijuela; el segundo, rana manchada; el tercero, cangrejo, al que la marea lleva y trae; el cuarto se convirtió en pez.
Antes de aquel momento no existían las criaturas del agua. Ahora las había de todas clases. El río llegó rugiendo, las arrastró hacia el mar y desde allí se dispersaron por muchas tierras del mundo.




