BibliotecaGlooskap y el dueño del agua
Una rana toro descansa junto al río que vuelve a correr, cerca de una rana manchada, un cangrejo y un pez.

Nordeste de América del Norte · Peskotomuhkati y Mi’kmaq · Relato tradicional

Glooskap y el dueño del agua

Relatos wabanaki · testimonio histórico de 1884

7 min de lectura*12+ años · edad orientativa*
Empieza la historia

En los tiempos antiguos había una aldea escondida entre montañas. Sus habitantes vivían bien: cazaban y trabajaban, y tenían cerca un arroyo de agua excelente. Pero no había otra fuente en toda la región, salvo algunos charcos de lluvia. Nadie había encontrado un manantial.

Un otoño, aun después de llover, el arroyo empezó a bajar. Cada día traía menos agua, hasta que el cauce quedó seco como un hueso entre las cenizas del fuego.

Se decía que río arriba existía otra aldea, en tierras que ninguno de ellos conocía. Mandaron a un hombre a averiguar si allí estaba la causa de la sequía.

El mensajero caminó tres días. Al llegar encontró un dique que cortaba el arroyo y retenía toda el agua en un estanque.

—¿Por qué hicieron esto? —preguntó—. Ese dique no les sirve y a nosotros nos deja sin agua.

Le dijeron que fuera a hablar con el jefe: él había ordenado construirlo.

El jefe estaba tendido en el barro. Tenía forma humana, pero su cuerpo era enorme e hinchado; los ojos amarillos sobresalían de la cabeza y la boca se extendía casi de oreja a oreja. Sus pies eran anchos, con dedos muy largos.

El mensajero explicó lo que ocurría. Al principio el jefe no contestó. Después croó y finalmente bramó:

—Hagan lo que quieran. ¿A mí qué me importa? Si quieren agua, búsquenla en otro lado.

El hombre insistió. Le contó que la gente estaba muriendo de sed. Al jefe aquello pareció divertirlo. Por fin se levantó, llegó al dique de un salto y abrió un agujerito con una flecha. Empezó a salir un hilo de agua.

—Ahora, ¡andate! ¡Andate! ¡Andate!

El mensajero volvió sin mucho consuelo. Durante unos días corrió un poco de agua por el arroyo, pero pronto volvió a detenerse y regresó el sufrimiento.

Glooskap, que conocía lo que pasaba en el corazón de personas y animales, supo de aquella desgracia. En la aldea estaban reunidos en consejo: habían resuelto mandar al más valiente, armado y cantando su canción de muerte. Tendría que conseguir que abrieran el dique o intentar algo desesperado, aunque no regresara.

A Glooskap le agradó ese valor. Apareció entre ellos con una figura temible, de unos tres metros de altura. Llevaba un centenar de plumas rojas y negras en el cabello, la cara pintada de rojo, anillos verdes alrededor de los ojos y una gran concha en cada oreja. Detrás de su cuello un águila desplegaba las alas.

Los habitantes temblaron y lo admiraron. Algunos creyeron estar ante Lox, el gran Glotón, o ante Mitche-hant. Después de escuchar lo ocurrido, Glooskap les dijo que se animaran: iba a poner las cosas en orden.

Remontó el cauce seco hasta la otra aldea. Se sentó y pidió a un chico que le trajera agua.

—Acá nadie puede recibirla si no la da el jefe —contestó el chico.

—Entonces decile que se apure.

Glooskap esperó más de una hora, sentado sobre un tronco y fumando su pipa. El chico volvió con una tacita, ni siquiera llena hasta la mitad, de agua muy sucia.

—Voy a ver a tu jefe. Creo que pronto me va a dar algo mejor.

Se presentó ante él.

—¡Dame de beber! ¡Y dame agua buena, criatura del barro!

El jefe lo insultó y le ordenó buscar agua donde pudiera. Entonces Glooskap le clavó una lanza en el vientre. De allí brotó un río poderoso: el jefe había absorbido en su propio cuerpo toda el agua que debía haber corrido por el arroyo.

Glooskap creció hasta alcanzar la altura de un pino gigante. Tomó al jefe en una mano, le apretó la espalda hasta plegarla y lo arrojó a la corriente. Se había convertido en la Rana Toro. Por eso, dice el cuento, todavía tiene arrugas en la parte baja del lomo: son las marcas de aquel apretón.

Glooskap regresó a la aldea. No encontró a nadie.

Mientras él estaba lejos, los habitantes habían empezado a hablar de lo que harían si tuvieran toda el agua fresca y limpia del mundo.

—Yo viviría en el barro blando, siempre húmedo y fresco —dijo uno.

—Yo me tiraría de las rocas y bebería mientras me zambullo en el agua profunda —dijo otro.

—A mí me gustaría que las olitas me llevaran de acá para allá: vivir en tierra, pero siempre bañado por el agua —dijo un tercero.

—Ustedes no saben pedir —respondió el cuarto—. Yo viviría todo el tiempo en el agua y nadaría para siempre.

Habían pronunciado esos deseos justo a la hora en que todos los deseos humanos se cumplen. El primero se volvió sanguijuela; el segundo, rana manchada; el tercero, cangrejo, al que la marea lleva y trae; el cuarto se convirtió en pez.

Antes de aquel momento no existían las criaturas del agua. Ahora las había de todas clases. El río llegó rugiendo, las arrastró hacia el mar y desde allí se dispersaron por muchas tierras del mundo.

Fin

¿Una historia para recordar?

Podés volver siempre que quieras.

Detrás de esta historia.

Imagen simbólica: Un libro abierto ante una costa de bosque, con una canoa pequeña y varias hojas separadas que sugieren fuentes distintas.
Ilustración de su mundo literario

Recopilador y editor de la fuente inglesa

Charles Godfrey Leland

Charles Godfrey Leland reunió The Algonquin Legends of New England, publicado en 1884. El libro recoge relatos mi’kmaq, passamaquoddy y penobscot por medio de narraciones, manuscritos y colaboradores identificados. Leland seleccionó y reelaboró ese material; algunos capítulos combinan versiones o declaran cambios....

Conocé su historia
Imagen simbólica: Una canoa en agua quieta bajo una montaña distante, con una perdiz en primer plano; evocación de los cuentos que se le atribuyen.
Ilustración de su mundo literario

Narrador passamaquoddy / peskotomuhkati

Tomah Joseph

Tomah Joseph, nombrado Tomah Josephs en el libro de Leland, fue un narrador passamaquoddy de Peter Dana’s Point, Maine. El archivo del Smithsonian lo identifica también como artista y gobernador de esa comunidad. Leland le atribuye directamente varios relatos de esta selección,...

Conocé su historia

Una historia, varios caminos.

Para conversar después

Ideas para compartir una vez que termina la historia.

Propuestas de lectura de Mitos y cuentos

Ideas y preguntas de nuestro equipo editorial para seguir pensando la historia. Podés elegir las que te interesen o quedarte con tu propia lectura.

Con chicos

Para conversar con chicos

Toda una aldea depende de un arroyo, pero alguien decide quedarse con el agua. Mirar quién puede repartirla ayuda a entender por qué una taza pequeña no resuelve el problema. Después los deseos cambian la vida de los habitantes de una manera que nadie había anunciado.

  • ¿Por qué el agujerito en el dique no alcanza?
  • ¿Qué tienen en común los deseos de los habitantes?

Una mirada adulta

Para una lectura adulta

El acaparamiento llega a ser corporal: el jefe contiene el agua que otros necesitan. La intervención libera el río mediante violencia, pero no restituye la aldea tal como era. El segundo desenlace transforma la necesidad compartida en diversidad de criaturas. No hay una vuelta simple al orden anterior, sino un mundo distinto nacido de dos cambios enlazados.

  • ¿Qué añade que el agua esté dentro del jefe y no sólo detrás del dique?
  • ¿Cómo modifica el desenlace de los deseos la aparente victoria del rescate?

Una biblioteca abierta para leer en compañía o perderse un rato entre cuentos.

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