Un rey llegó al final de su vida sin tener un heredero. Dejó una orden en su testamento: a la mañana siguiente debían poner la corona en la cabeza de la primera persona que entrara por las puertas de la ciudad.
El primero en llegar fue un mendigo. Hasta entonces había vivido juntando pequeños trozos de comida y remendando su ropa una y otra vez.
Los ministros cumplieron la voluntad del rey muerto. Le entregaron el tesoro y le confiaron el gobierno.
Durante un tiempo, el nuevo monarca ocupó su puesto. Pero algunos nobles dejaron de obedecerlo. Los gobernantes de los países vecinos reunieron ejércitos contra él. Sus tropas y sus súbditos quedaron envueltos en el desorden, y una parte del territorio se perdió.
El hombre estaba abatido cuando regresó de un viaje un viejo amigo, que lo había conocido en la pobreza.
—¡Gracias a Dios! —exclamó al verlo—. ¡Qué cambio de fortuna! Por fin dejaste atrás tus dificultades.
El nuevo rey negó con la cabeza.
—Amigo, no me felicites. Acompañame en mi pena. Antes me preocupaba conseguir pan; ahora tengo encima las preocupaciones de todo un mundo.
Seguía sentado en el trono, pero no lo vivía como lo imaginaba su visitante. Había cambiado una necesidad por una carga mucho mayor. Saadi cierra la escena volviendo a la pregunta por el contento: poseer más no asegura encontrarlo.



