Un cuervo compró un collar y se lo puso enseguida. Estaba tan contento que voló hasta un jardín para mostrárselo a su amiga la gallina, que paseaba con sus pollitos.
—¡Qué lindo! —dijo ella—. ¿Me lo prestás hasta mañana? Te lo devuelvo sin falta.
El cuervo aceptó. Al día siguiente regresó y encontró a la gallina y a sus hijos rascando la tierra junto a una pared.
—¿Dónde está mi collar?
—Se perdió —respondió ella—. Los pollitos lo tomaron mientras yo dormía y ahora no recuerdan dónde lo dejaron. Lo estamos buscando desde temprano.
El cuervo se enojó.
—Entonces pagámelo ahora mismo. Si no, voy a decirle al rey que me lo robaste.
La gallina no tenía con qué pagarlo y sintió miedo. Mientras ella pensaba cómo conseguir el dinero, el cuervo, que tenía apuro por ir a una fiesta, decidió otra cosa.
—Me voy a llevar un pollito por día como pago. Cuando encuentres el collar y me lo devuelvas, dejaré de comerlos.
La gallina aceptó porque temía que la acusara ante el rey.
Así termina el trato de esta historia, sin que aparezca el collar: las gallinas y sus pollitos siguen rascando la tierra para buscarlo, y los cuervos siguen cobrando aquella deuda. La búsqueda no termina porque el objeto perdido nunca vuelve a encontrarse.



