En un bosque vivía un ciervo de pelaje dorado y cuernos claros. Era el rey de una manada llamada Banyan. No muy lejos había otra manada, también de quinientos ciervos, gobernada por su propio rey. Durante mucho tiempo compartieron el bosque, los pastos y los lugares donde beber.
El rey de aquel país era aficionado a la caza. Cada vez que salía, obligaba a mucha gente a acompañarlo. Los campesinos dejaban sus campos, los artesanos sus trabajos, y todos corrían detrás de los animales hasta que él conseguía lo que quería.
Cansados de aquellas salidas, sus súbditos construyeron un gran parque. Lo rodearon con una cerca, prepararon agua y pastos, y empujaron a las dos manadas hacia adentro. Cerraron la puerta. El rey ya no tendría que recorrer el bosque para encontrar ciervos.
Cuando fue a verlos, quedó admirado por los dos jefes de las manadas y les perdonó la vida. Ellos estarían a salvo. Los demás, no.
La cerca parecía proteger un jardín, pero para los ciervos era una prisión. Cada vez que entraba el cazador o el cocinero real, los animales escapaban en todas direcciones. Algunos morían; otros quedaban heridos mientras intentaban huir.
El rey Banyan habló con el jefe de la otra manada.
—Si no podemos detener esto, al menos evitemos que tantos sufran cada día. Que vaya uno de los tuyos y, al día siguiente, uno de los míos.
Así establecieron turnos. Era un acuerdo doloroso: cada mañana un ciervo caminaba solo hasta el lugar donde lo esperaba el cocinero, mientras los demás lo veían alejarse.
Un día le tocó a una cierva que tenía una cría muy pequeña. Fue a pedir ayuda a su propio rey.
—Mi hijo todavía me necesita. Dejame esperar hasta que pueda arreglarse solo. Después iré.
El jefe se negó. Le dijo que el turno ya estaba decidido. Entonces la cierva cruzó el parque y buscó al rey Banyan. Él la escuchó hasta el final.
Podría haber llamado a otro ciervo para reemplazarla. Podría haberle recordado que él, por orden del rey humano, no corría peligro. En cambio, le dijo:
—Volvé con tu cría. Voy a ir yo.
A la mañana siguiente, el cocinero encontró al ciervo dorado acostado junto al lugar del sacrificio. Lo reconoció de inmediato y no se atrevió a tocarlo. Corrió a avisar al palacio.
El rey llegó sorprendido.
—Te había perdonado la vida. ¿Por qué viniste?
—A una madre le llegó su turno antes de que su hijo pudiera vivir sin ella. No quise mandar a otro en su lugar.
El rey miró al ciervo. Aquel animal al que había dado un privilegio había decidido abandonarlo por alguien que no pertenecía siquiera a su manada.
—Levantate —dijo al fin—. Vivirán vos y esa madre.
Después miró hacia el parque, donde cientos de ojos esperaban.
—Y no volveré a cazar ciervos, ni acá ni en el bosque.
El rey Banyan se levantó. La noticia llegó a las dos manadas, y esa tarde ningún animal tuvo que preguntarse a quién le tocaría caminar solo al amanecer.


