Los hermanos de Emilián salieron a comerciar y le prometieron ropa roja y botas si ayudaba a sus cuñadas. Pero él prefería quedarse sobre la estufa. Solo bajó cuando le insistieron en que trajera agua.
Al llenar los baldes atrapó un lucio. Pensó comérselo sin compartirlo, hasta que el pez habló.
—Dejame volver al agua y se va a cumplir lo que pidas en mi nombre.
Emilián aceptó. Dijo las palabras que el lucio le enseñó y ordenó a los baldes ir solos a casa. Sus cuñadas los vieron entrar y colocarse en su lugar sin que nadie los llevara.
Después le pidieron leña. Emilián subió a un trineo sin caballo y le ordenó avanzar hacia el bosque. Al atravesar el pueblo pasó tan rápido y tan cerca de la gente que provocó gritos y enojo.
En el bosque, sus hachas cortaron y acomodaron la leña por sí mismas. También prepararon un garrote. Durante el regreso, los vecinos detuvieron el trineo para reclamar. Emilián mandó al garrote golpearlos y pudo seguir su camino, dejando heridos a muchos.
Los vecinos llevaron la queja al rey. Para conseguir que Emilián fuera al palacio, los mensajeros le prometieron la ropa y las botas que tanto quería.
Él no bajó de la estufa: le ordenó caminar hasta la corte y llegó sentado sobre ella.
El rey quería castigarlo con la muerte. Su hija, en cambio, se sintió atraída por Emilián y pidió casarse con él. El padre, furioso, permitió la boda y después mandó encerrar a los dos en un tonel, sellarlo y arrojarlo al agua.
Flotaron mucho tiempo. La joven le pidió a su marido que usara su poder para salir de allí. Emilián invocó al lucio: el tonel llegó a la orilla y se abrió.
Ella volvió a pedirle ayuda, esta vez para tener una casa. Él ordenó que apareciera un palacio de mármol frente al de su suegro.
A la mañana siguiente, el rey vio el edificio nuevo y preguntó quién vivía allí. Al saber que era su hija, llamó a la pareja. Finalmente los perdonó y comenzaron a vivir en paz.




