El rey Midas recibió un día a un visitante inesperado. Unos campesinos habían encontrado a Sileno, el viejo maestro de Baco, que se había apartado de sus compañeros y no sabía cómo volver. Midas lo reconoció, lo alojó en su palacio y lo trató con todos los honores.
Durante diez días hubo comida, conversación y festejos. Al undécimo, el rey acompañó a Sileno hasta donde lo esperaba Baco. El dios, contento de recuperar a su maestro, quiso agradecerle.
—Pedime una recompensa.
Midas no tardó en responder. Había visto sus depósitos, sus cofres y sus joyas tantas veces que ya sólo pensaba en tener más.
—Quiero que todo lo que toque se convierta en oro.
Baco le concedió el deseo, aunque lamentó que hubiera elegido tan mal. Midas, demasiado entusiasmado para notar aquella preocupación, salió a probar su nuevo poder.
Arrancó una ramita de un roble. Entre sus dedos, la corteza se volvió amarilla y brillante. Levantó una piedra del camino: oro. Recogió un poco de tierra: también oro. Entonces tomó una manzana y la hizo girar bajo el sol. Parecía la fruta de un jardín imposible.
El rey regresó al palacio convencido de que nadie había tenido jamás tanta suerte. Mandó preparar una gran comida y se sentó frente a la mesa. Después de tantas pruebas, tenía un hambre enorme.
Tomó un pedazo de pan. Antes de llegar a su boca, se volvió duro y pesado. Lo dejó sobre el plato con un golpe. Probó otro alimento. En cuanto lo tocó, ocurrió lo mismo.
Midas empezó a ponerse nervioso. Llevó una copa a los labios, pero el vino también se transformó. Apartó la bebida con espanto. A su alrededor resplandecía una mesa que ningún ser vivo podía aprovechar.
Se levantó. Quiso tocar algo que siguiera siendo lo que era. No pudo. Lo que unas horas antes le había parecido una maravilla se había convertido en una amenaza. Era dueño de cada vez más oro y no tenía manera de conseguir un trago de agua.
Volvió a llamar a Baco.
—Me equivoqué —dijo—. Sacame este poder. No quiero conservarlo ni un minuto más.
El dios escuchó su ruego y le indicó que fuera al río Pactolo. Debía remontarlo hasta su nacimiento y lavarse allí. El agua se llevaría el don que había pedido.
Midas partió enseguida. Ya no se detuvo a convertir piedras ni ramas. Buscó el río, siguió su curso y llegó hasta la fuente. Se arrodilló y metió las manos. Después sumergió la cabeza y dejó que el agua corriera sobre él.
Cuando salió, tocó con cuidado la orilla. La tierra siguió siendo tierra. Levantó una piedra: seguía gris. Juntó agua entre las manos y bebió.
El encantamiento había pasado a las arenas del Pactolo, que desde entonces, según cuenta el mito, guardaron oro. Midas dejó atrás la fuente y regresó a su casa. Esta vez pudo partir el pan. Se quedó un momento con el trozo en la mano, mirando aquella miga blanda que no brillaba, y por fin comió.


