Un perro caminaba orgulloso con un pedazo de carne entre los dientes. Buscaba un rincón tranquilo para comerlo. El sendero cruzaba un arroyo por un puente angosto, y el perro avanzó por las tablas sin soltar su comida.
A mitad de camino miró hacia abajo. En el agua vio a otro perro que llevaba un trozo de carne. Las ondas agrandaban y deformaban aquella imagen. Al perro del puente le pareció que la comida del otro era mucho mayor que la suya.
Se detuvo. El de abajo también se detuvo. Inclinó la cabeza; el otro lo imitó. En lugar de reconocer sus propias orejas y su propio hocico, el perro pensó que se encontraba frente a un rival.
Quiso asustarlo para quedarse con el trozo más grande. Abrió la boca y lanzó un ladrido.
Su carne cayó entre las tablas, golpeó el agua y desapareció corriente abajo. Las ondas deshicieron también la imagen que lo había tentado.
El perro siguió el movimiento del arroyo con los ojos. Cuando el agua se calmó, volvió a aparecer aquel otro perro, pero ahora tenía la boca vacía. Era, como lo había sido desde el principio, su propio reflejo.
El perro salió del puente sin comida. Había soltado algo verdadero para apoderarse de algo que nunca había estado allí.


