Una zorra hambrienta entró en un viñedo. Sobre su cabeza colgaban racimos oscuros, redondos y brillantes. El olor de las uvas maduras le hizo detenerse.
Eligió el racimo más cercano, apoyó bien las patas y saltó. Sus dientes se cerraron en el aire. Probó otra vez, ahora tomando carrera desde el borde del sendero. Rozó una hoja con la nariz, pero las uvas siguieron lejos.
La zorra estudió las ramas. Dio un rodeo, se puso de costado, buscó un punto donde la parra bajara un poco. Saltó desde allí con toda su fuerza. Tampoco alcanzó el racimo. Al caer, levantó una nube de polvo.
Se quedó quieta, respirando rápido. Las uvas no parecían haberse movido. Seguían maduras y hermosas, exactamente como cuando había llegado.
—En realidad, deben estar verdes —dijo en voz alta—. Seguro que son ácidas. No pienso comer algo así.
Y salió del viñedo con el hocico levantado, como si marcharse hubiera sido su intención desde el principio.
No había probado una sola uva. Lo único que había cambiado era su manera de hablar de ellas. Admitir «las quería, pero no pude alcanzarlas» le habría costado menos saltos y un poco más de sinceridad.


