Un hombre y una mujer vivían lejos de otras personas, en medio del bosque. Su único hijo creció fuerte e inteligente. Un día les pidió permiso para salir a conocer otros hombres y mujeres. Sus padres sintieron tristeza, pero lo dejaron partir.
El joven caminó lejos y pasó la noche sobre el suelo. A la mañana oyó acercarse a alguien: era un Conejo.
—¿Adónde vas, amigo?
—A buscar gente.
—Yo también. Vayamos juntos.
Anduvieron hasta oír voces a la distancia. Se acercaron en silencio a una aldea. El Conejo le pidió que escuchara sin dejarse ver. El joven oyó que al día siguiente llegaría un kewahqu, un monstruo devorador de personas, para comerse a la hija del jefe.
Volvió a contárselo al Conejo.
—No tengas miedo. Deciles que podés salvarla.
Al principio nadie quiso escucharlo. Finalmente el jefe supo que un desconocido insistía en rescatar a su hija y lo hizo llamar.
—Si la librás de la muerte, podrás casarte con ella.
El joven volvió al Conejo.
—No la mandaron lejos porque el monstruo puede seguir cualquier huella —le explicó su amigo—. Yo espero hacer un rastro que no pueda seguir. Traela acá cuando oscurezca.
Esa noche el Conejo los esperaba con un trineo y dos ardillas. Les pasó la mano por el lomo y las ardillas crecieron hasta tener el tamaño de grandes perros de trineo. Los tres salieron como el viento y llegaron a otra aldea.
El Conejo miró por una rendija de una vivienda.
—Es acá. Entren.
Después se alejó. Adentro había una anciana amable que, al verlos, se echó a llorar.
—Mis queridos nietos, la muerte viene detrás de ustedes. El kewahqu los está siguiendo. Corran al río: allí está acampando su abuelo.
El Conejo se reunió con ellos. Había estado haciendo huellas en muchas direcciones. El monstruo llegó y perdió un largo rato entre aquellos rastros, aunque al fin encontró el correcto.
Mientras tanto, los jóvenes llegaron junto al anciano del río.
—Están en gran peligro, pero voy a ayudarlos.
Se arrojó al agua, extendió brazos y piernas y les pidió que subieran sobre él. La muchacha tuvo miedo de caerse, pero él la tranquilizó. Cuando ambos estuvieron encima, el anciano se convirtió en canoa y los llevó a la otra orilla.
Al darse vuelta, ya no vieron una embarcación sino un Pato viejo.
—Suban a aquella montaña, entre las rocas grises. Su amigo los espera.
Corrieron. El kewahqu se acercaba rugiendo, pero ellos llegaron primero al pie del precipicio. Allí estaba el Conejo con una vara más larga que cualquier pino.
—Trepen.
A medida que subían, la vara crecía. Los jóvenes pudieron pasar desde ella a la ladera y trepar por las rocas.
El monstruo llegó y se aferró a la vara. También para él creció, hasta elevarlo a una altura enorme. No tenía alas ni poderes para volar: debía seguir sujeto a ella. Cuando alcanzó la punta, el joven empujó la vara lejos de la montaña. Cayó con el monstruo, que murió al estrellarse.
Los tres regresaron en el trineo de ardillas, bajo la luna, atravesando el bosque nevado. Al llegar a la aldea, el Conejo se despidió.
—Todavía van a venir dificultades. Cuando las tengas, yo y los míos vamos a ayudarte.
Ya en casa, todo parecía un sueño. Se celebró la boda y por un tiempo las cosas marcharon bien.
Pero los jóvenes de la aldea odiaban al recién llegado y querían matarlo para quedarse con su esposa. Lo invitaron a pescar en el mar. Una vez lejos de la costa, gritaron:
—¡Una ballena nos persigue! ¡Está debajo de la canoa!
Lo empujaron al agua y se alejaron remando.
El joven pidió auxilio. Se acercó un Cuervo.
—Nadá o flotá todo lo que puedas. Voy a buscar ayuda.
Pasó mucho tiempo. Al fin volvió el Cuervo con una cuerda. Se hizo muy grande, le arrojó un extremo al muchacho y, tirando del otro, lo llevó hasta una isla pequeña.
—No puedo hacer más, pero hay otro amigo.
El joven quedó allí, helado y hambriento. Entonces apareció un Zorro.
—¿Estás acá, amigo?
—Sí, y me muero de hambre.
El Zorro pensó. No tenía carne, pero recogió una brizna seca y le pidió que la comiera. El joven se convirtió en alce. Comió hierba tierna hasta quedar satisfecho. El Zorro le dio otra brizna y recuperó su forma humana.
—En tierra firme hay una gran fiesta con baile. ¿Querés ir?
—Claro que sí.
—Esperá a que oscurezca.
Al llegar la noche, el Zorro le pidió que cerrara los ojos, entrara al agua y se agarrara del extremo de su cola. Así lo arrastró durante horas por el mar agitado.
El joven pensó que nunca llegarían.
—Sí, vamos a llegar —respondió el Zorro—. Pero no abras los ojos.
Pasó otra hora y el muchacho volvió a dudar. El Zorro volvió a tranquilizarlo. Sin embargo, cuando estaban a unos tres metros de la costa, abrió los ojos. Cruzar aquel último trecho les dio más trabajo y les llevó más tiempo que todo lo anterior.
Era su propia aldea. La fiesta celebraba la boda de su esposa con uno de los hombres que lo habían arrojado al mar.
El joven, cuyo poder mágico era grande, se llenó de fuerza y de ira. Entró en su vivienda. Su esposa gritó de alegría, lo besó y lloró al mismo tiempo.
—Alegrate —le dijo él—. Llegó la hora de castigar a quienes causaron estas lágrimas.
Fue a contarle todo al jefe. El anciano mandó llamar a los culpables y autorizó a su yerno a matarlos y tomar sus cabelleras. Pero el joven se negó.
Llamó al Zorro y le pidió las briznas que transformaban a las personas. Con ellas convirtió a sus enemigos en animales que el relato llama malos: a uno en puercoespín y a otro en cerdo. Los expulsaron hacia el bosque.
Así, cuenta esta historia, aparecieron el primer cerdo y el primer puercoespín.




