Lox, el Glotón, había muerto muchas veces y otras tantas había vuelto a la vida. Una tarde de invierno cruzaba un páramo desolado sin manta ni abrigo, salvo su propio pelaje. El viento cortaba; caían nieve, granizo y lluvia helada.
Era un personaje pendenciero y tramposo, pero también muy resistente: siempre el primero en pelear y el último en ceder. Por eso lo admiraban los animales más alborotadores del bosque.
Cuando empezaba a oscurecer, oyó a lo lejos un aullido. Respondió en la lengua de los lobos, porque conocía muchas lenguas. Enseguida lo rodearon quince o dieciséis, que saltaron, ladraron y se mordisquearon de alegría al verlo.
El jefe lo invitó a pasar la noche con ellos.
—No conviene que andes solo por acá.
Lox aceptó como si les estuviera haciendo un favor. Comió la mejor carne seca, ocupó el sitio de honor junto al fuego y fumó el mejor tabaco en la pipa del jefe. Los lobos estaban encantados.
Al acostarse, el jefe mandó a los más jóvenes que cubrieran al huésped. Lo taparon con sus colas anchas y peludas. Medio dormido, Lox creyó que le habían puesto una manta y se la quitó dos veces, aunque hacía un frío capaz de partir las piedras. Los lobos admiraron todavía más su resistencia.
A la mañana siguiente, después de comer, el jefe le dijo:
—Tío, todavía tenés tres días de camino por un lugar sin casas ni fogones. Te voy a dar un encantamiento para encender tres fuegos: uno por noche, hasta que llegues. No son más que tres. Juntá madera seca, armá una pequeña choza con las ramas y saltá por encima. Es un secreto antiguo de los lobos. Nunca antes se lo dimos a alguien de otro pueblo.
Se despidieron. Lox siguió hacia el oeste, pensando en el regalo. Como él siempre engañaba a otros, sospechaba que los demás también querrían burlarse de él.
No había caminado ni media hora cuando decidió probarlo.
—A ver si es cierto.
Apiló unas ramas, saltó por encima y el fuego prendió de inmediato. Se calentó un rato y continuó.
Pronto volvió a sentir frío. Recordó lo agradable que era estar junto a las llamas y armó otra pila. Saltó: el segundo fuego ardió tan bien como el primero. Todavía le faltaban las tres noches de viaje.
Antes de que terminara la tarde ya estaba pensando en el tercero.
—A lo mejor cambia el tiempo —se dijo—. Esas nubes rojas podrían anunciar calor. Mi abuela decía algo de ese color... no me acuerdo qué. Voy a arriesgarme.
Preparó las ramas y usó el último fuego antes de que llegara siquiera la primera noche.
Al oscurecer encontró un lugar para acampar. Ahora sí hacía un frío terrible. Lox pensó que lo que había funcionado antes tenía que funcionar otra vez. Juntó madera y saltó.
No pasó nada.
Saltó veinte o treinta veces. Al fin apareció un poco de humo y eso le devolvió la esperanza. Siguió saltando. Pero, aunque suele decirse que donde hay humo hay fuego, esta vez no apareció ni una chispa.
Lox juró que seguiría hasta que las ramas ardieran o estallaran. Saltó y saltó, hasta caer agotado y sin conocimiento. Allí murió congelado.
Ese fue su final por aquella vez. Aunque, agrega quien cuenta, debe de haberse recuperado: después lo vieron muchas veces más.



