Un otoño, un hombre, su esposa y su hijo pequeño viajaron muy lejos hacia el noroeste para cazar. Encontraron un buen lugar para pasar el invierno y levantaron su vivienda. Él traía presas; ella preparaba y secaba la carne; el chico jugaba a cazar pájaros con su arco.
Una tarde, mientras el hombre estaba lejos y la mujer juntaba leña, oyó un ruido entre los arbustos. Al mirar vio un rostro espantoso: parecía el de un anciano consumido, con ojos de lobo. Estaba desnudo, llevaba un bulto a la espalda y tenía heridas en los labios y los hombros, como si se hubiera mordido a sí mismo por hambre.
La mujer había oído hablar de los chenoos, seres llegados del norte helado, humanos convertidos en devoradores de personas. Comprendió que estaba ante uno.
En vez de gritar, corrió a recibirlo.
—¡Mi querido padre! ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Dónde estuviste?
Fingió alegría y sorpresa. El chenoo, que esperaba súplicas y terror, quedó tan asombrado que se dejó conducir adentro. Ella lamentó verlo en ese estado, le dio ropa de su esposo y le pidió que se limpiara y se vistiera.
El visitante obedeció. Se sentó sombrío y callado junto a la pared.
La mujer salió a seguir juntando leña. El chenoo la siguió. Ella pensó que había llegado su muerte.
—Dame el hacha —dijo él.
En sus manos, los pinos cayeron como arbolitos delgados; cortó y partió ramas con la fuerza de una tempestad.
—Padre, ya hay suficiente.
Él dejó el hacha y volvió a sentarse en silencio. Ella reunió la leña.
Al oír regresar a su esposo, salió a explicarle lo ocurrido y le pidió que la acompañara en su trato. Él aceptó. Entró, llamó suegro al chenoo y le preguntó dónde había estado tantos años. Mientras le contaba acontecimientos pasados, la expresión del visitante empezó a suavizarse.
Le ofrecieron comida, pero casi no probó bocado. Se acostó. La pareja permaneció despierta por miedo. Cuando el fuego levantó calor, el chenoo pidió una pantalla que lo protegiera: venía del hielo y no lo soportaba.
Durante tres días se mantuvo triste, callado y casi sin comer. Después pidió grasa. La mujer dijo que tenían mucha. Él llenó una olla grande, la calentó al fuego y bebió de una vez toda la grasa hirviendo.
Se puso pálido y enfermo. Expulsó de su cuerpo cosas horribles. Cuando terminó parecía otro. Durmió, y al despertar pidió comida y comió con ganas. Desde entonces fue amable con ellos y dejaron de temerle.
Pasaron los días. El chenoo se cansó de la carne conservada.
—Hija, ¿no tenés carne fresca?
No había. Al volver el cazador, el chenoo vio barro negro en sus raquetas para la nieve y preguntó si existía un manantial cerca. El hombre conocía uno a medio día de camino.
—Mañana vamos a ir.
Salieron temprano. El cazador era muy veloz, pero el anciano avanzaba como el viento. Encontraron el manantial: el agua era hermosa, la nieve se había derretido alrededor y la orilla estaba verde.
El chenoo se quitó la ropa y comenzó a danzar y cantar alrededor. El agua espumó, subió y bajó, como si algo enorme se moviera debajo. Al aumentar el ritmo de la danza, apareció la cabeza de un lagarto gigantesco. El chenoo lo mató de un hachazo y lo sacó del agua.
Volvió a bailar. Surgió otro, una hembra algo menor, aunque todavía tan pesada como un alce. Eran lagartijas del manantial que su magia había agrandado.
Preparó la carne y devolvió al agua las cabezas, las patas, las colas y los restos.
—De esto volverán a crecer muchos lagartos.
La carne limpia parecía de oso. La ató, la cargó sobre los hombros y emprendió el regreso. El cazador, que no tenía igual como corredor entre los suyos, quedó atrás.
—¿No podés ir más rápido? Va a oscurecer antes de que lleguemos. Subite a mis hombros.
El hombre se acomodó encima de la carga. El chenoo le indicó que afirmara los pies y mantuviera la cabeza baja para no golpearse contra las ramas. Corrió como el viento; los arbustos silbaban a su paso. Llegaron antes de la puesta del sol.
La mujer tuvo miedo de tocar aquella carne. Su esposo aceptó probarla y comprobó que sabía como la de oso. El chenoo comió también. Vivieron como amigos.
Cuando se acercaba la primavera, el anciano anunció un peligro. Una chenoo venía desde el norte para matarlo. Llegaba con el viento y no podrían evitar la batalla. La describió como una enemiga de furia terrible y dijo que no sabía quién vencería.
La pareja debía esconderse y taparse los oídos: los gritos de combate podían matar a los humanos.
Mandó a la mujer a buscar el bulto que había traído al llegar y que seguía colgado de un árbol. Si encontraba algo que la horrorizara, podía tirarlo, pero debía traer un paquete más pequeño que había adentro.
Ella lo abrió. Contenía unas piernas y unos pies humanos, restos de una comida anterior. Los arrojó lejos y llevó el paquete pequeño.
El chenoo sacó dos cuernos de chepitchcalm, un ser semejante a un dragón. Brillaban como oro. Uno tenía dos ramas y el otro era recto y liso. Entregó el recto al hombre y conservó el otro.
—Son las únicas armas que pueden servir en esta pelea.
Al tercer día oyó el grito lejano de la enemiga, mucho antes que sus compañeros. Les explicó que, si sobrevivían al primer alarido y oían su respuesta, los gritos ya no podrían dañarlos.
—Pero si me escuchan pedir ayuda, vengan con el cuerno. Pueden salvarme.
La pareja se tapó los oídos y se ocultó en un pozo profundo. Aun así, el primer alarido les resonó con tanto dolor que casi los mató. Después oyeron responder a su amigo y quedaron a salvo de aquel ruido.
La batalla sacudió la tierra. Los chenoos crecieron hasta parecer montañas. Arrancaron pinos, hicieron chocar rocas y levantaron un estruendo mayor que una tormenta.
Entonces se oyó al anciano:
—¡Yerno mío, vení a ayudarme!
El hombre salió con el cuerno. Los gigantes luchaban en el suelo. La enemiga tenía al chenoo debajo de ella y trataba de clavarle su propio cuerno en una oreja. Él movía la cabeza de un lado a otro para evitarlo. Ella se burlaba:
—No tenés ningún yerno que venga a salvarte. Voy a matarte y comer tu hígado.
El hombre era tan pequeño a su lado que ella no lo vio.
—¡Clavale el cuerno en la oreja! —le pidió su amigo.
Lo hizo. En cuanto la tocó, el cuerno creció y atravesó la cabeza hasta salir por el otro lado. Se alargó como una vara, alcanzó el suelo y echó raíces profundas.
El chenoo le indicó que apoyara el otro extremo contra un árbol. El cuerno se enroscó alrededor del tronco y siguió creciendo. La enemiga quedó inmovilizada.
Ya sin la furia del combate, ambos chenoos volvieron a su tamaño habitual. Para impedir que ella renaciera, debían destruir por completo su cuerpo y quemar cada fragmento: cualquier resto podía convertirse en otra chenoo con la misma fuerza.
El vencedor tomó venganza por la amenaza recibida. Le quitó el hígado, lo asó y lo comió delante de ella antes de que muriera, diciéndole que recibía el trato que había anunciado para él. Después completaron la destrucción del cuerpo.
Lo más difícil fue el corazón. Era de un hielo más duro y más frío que cualquier hielo conocido. Apagaba el fuego al tocarlo. Sólo después de mucho tiempo empezó a derretirse. Lo partieron con un hacha y fundieron todos los pedazos. Entonces volvieron al campamento.
Llegó la primavera. La nieve bajó convertida en agua hacia el mar. La familia también emprendió el regreso y el chenoo, cada vez más parecido a un hombre común, fue con ellos.
Le construyeron una canoa cubierta con piel de alce, en lugar de corteza de abedul. Cargaron parte de la carne y las pieles; él los siguió en su embarcación.
Después de ríos y rápidos salieron a un lago amplio y luminoso. En medio del agua, el chenoo se tendió en el fondo de la canoa para ocultarse.
—Otro chenoo me vio desde aquella montaña del norte. A ustedes no puede verlos. Ahora tampoco me ve a mí. Si vuelve a descubrirme, vendrá a pelear. No sé quién ganaría. Prefiero la paz.
La familia remolcó su canoa mientras él permanecía escondido. Al volver al río, anunció que no viajaría más por el agua. Seguiría a pie por el bosque. Le indicaron dónde pensaban acampar esa noche.
Él se fue por montañas, rocas y senderos largos. Ellos bajaron rápidamente con la crecida. Sin embargo, al llegar encontraron humo entre los árboles: el chenoo había preparado un fuego y dormía junto a él.
Así ocurrió varios días. Pero cuanto más avanzaban hacia el sur, más débil se volvía. El hielo no le hacía daño; el aire suave del verano, en cambio, lo agotaba. Al llegar a la aldea tuvieron que cargarlo como a un niño.
Su rostro se había vuelto humano y apacible. Las heridas estaban curadas y ya no mostraba siempre los dientes. La gente se reunió alrededor, asombrada.
Estaba muriendo. Según esta versión, aquello ocurrió después de la llegada de los europeos. Mandaron buscar a un sacerdote. Al principio el chenoo lo rechazó con enojo; después lo escuchó y recibió sus enseñanzas cristianas. La voz de la fuente presenta ese encuentro como un último cambio de su corazón.
Pidió que lo bautizaran. Cuando apareció en sus ojos la primera lágrima de su vida, murió.






