Cuando Vasilisa tenía ocho años, su madre enfermó y murió. Antes de despedirse le entregó una muñeca y una bendición.
—Guardala siempre con vos. Si te pasa algo malo, dale de comer y pedile consejo.
Tiempo después, el padre volvió a casarse. Su nueva esposa y sus dos hijas hicieron de la vida de Vasilisa una sucesión de trabajos y castigos. Pero cada noche ella reservaba un poco de comida para la muñeca. Después de comer, su pequeña compañera la consolaba y la ayudaba con las tareas.
Pasaron los años. Durante un largo viaje del padre, la madrastra llevó a las muchachas a una casa junto al bosque donde vivía Baba Yagá. Una noche dejó una sola vela encendida y ordenó a sus hijas apagarla. Cuando todo quedó oscuro, las dos mandaron a Vasilisa a pedir fuego a la bruja.
La joven alimentó a su muñeca y la guardó en el bolsillo. Caminó temblando entre los árboles. Vio pasar un jinete blanco y comenzó a amanecer. Después cruzó otro rojo y salió el sol.
Al anochecer llegó a una cabaña rodeada de huesos y calaveras. Un jinete negro desapareció junto a la entrada y cayó la noche. Los ojos de las calaveras se encendieron, iluminando el claro.
Baba Yagá apareció en su mortero, impulsándose con un mazo y borrando el rastro con una escoba. Vasilisa explicó que necesitaba fuego.
—Te lo voy a dar si trabajás para mí. Si no terminás lo que te pida, te como.
La hizo servir una cena enorme y apenas le dejó unas sobras. Luego le ordenó limpiar, preparar la comida, arreglar la ropa y separar de una gran cantidad de trigo todas las semillas ajenas.
Vasilisa dio las sobras a la muñeca y lloró. Su compañera le aconsejó descansar. Al día siguiente, cuando la bruja salió, casi todo el trabajo apareció terminado: solo faltaba cocinar.
Baba Yagá volvió y no encontró nada que reprochar. Llamó a sus servidores y tres pares de manos se llevaron el trigo para molerlo. Para la jornada siguiente añadió otra tarea: limpiar semillas de amapola mezcladas con tierra. La muñeca volvió a ayudar, y las manos se llevaron después las semillas para hacer aceite.
Durante la cena, Vasilisa preguntó por los jinetes. Baba Yagá respondió que eran su Día, su Sol y su Noche. La joven pensó en preguntar también por las manos, pero prefirió callarse.
—¿Y vos cómo hacés todo ese trabajo? —preguntó la bruja.
—Me ayuda la bendición de mi madre.
Baba Yagá no quiso tener en casa a una persona bendecida. La sacó afuera, puso una calavera encendida en un palo y se la entregó para llevar fuego a su familia.
Vasilisa regresó. Estuvo a punto de tirar la calavera, pero una voz le ordenó conservarla. En la casa seguían a oscuras: cualquier fuego que traían se apagaba.
La recibieron con alivio. Sin embargo, los ojos de la calavera dirigieron sus llamas hacia la madrastra y sus hijas. No pudieron esconderse. Al amanecer habían muerto, reducidas a cenizas. Vasilisa quedó ilesa.
Enterró la calavera y se mudó a la ciudad, a casa de una anciana. La muñeca le hizo un telar y ella tejió un lino extraordinariamente fino. Se lo regaló a la mujer, que lo llevó al rey.
El rey quiso camisas de aquella tela, pero nadie podía trabajarla. Vasilisa cosió doce y las envió al palacio. Cuando el rey la hizo llamar, se enamoró de ella y se casaron.
Más tarde regresó su padre y fue a vivir con ella. También llevó a su casa a la anciana que la había recibido. La muñeca no quedó olvidada entre las nuevas riquezas: Vasilisa la conservó en el bolsillo durante toda su vida.




