La madrastra de una niña quería deshacerse de ella. Aprovechó un viaje del padre y la mandó a pedir aguja e hilo a una supuesta tía: Baba Yagá.
La niña visitó primero a otra tía de su familia. Ella comprendió el peligro y le dio una cinta, aceite, pan y tocino.
—Vas a encontrar un abedul, unas puertas, perros y un gato. Acordate de llevar algo para cada uno.
Baba Yagá recibió a la niña en su cabaña y la sentó ante el telar. Después le ordenó a una sirvienta preparar el baño: quería lavarla antes de comérsela.
La niña oyó todo. Le regaló un pañuelo a la sirvienta y le pidió que demorara los preparativos, mojando la leña y llevando agua en un tamiz.
Luego dio tocino al gato y le preguntó cómo escapar. El animal le entregó una toalla y un peine.
—Cuando la escuches cerca, tirá la toalla: aparecerá un río. Si vuelve a alcanzarte, tirá el peine: crecerá un bosque.
La niña salió. Dio pan a los perros, aceite a las bisagras y la cinta al abedul. Todos la dejaron pasar. El gato se quedó moviendo el telar para que pareciera que ella seguía trabajando.
Baba Yagá descubrió la fuga. Golpeó al gato y reprendió a los demás. Cada uno le respondió que la niña le había dado algo que ella nunca le ofrecía: comida, cuidado o un pequeño regalo.
La bruja subió a su mortero y salió en persecución, impulsándose con el mazo y borrando las huellas con una escoba.
La niña apoyó el oído en el suelo. Cuando la escuchó cerca, lanzó la toalla. Un río ancho se extendió entre ambas. Baba Yagá volvió por sus bueyes y los hizo beber hasta dejarlo seco.
La persecución comenzó otra vez. La niña tiró entonces el peine. Creció un bosque tan espeso que la bruja no consiguió abrirse paso, aunque intentó roer los árboles. Tuvo que regresar.
El padre ya estaba en casa cuando su hija llegó corriendo. Escuchó lo ocurrido y supo adónde la había enviado su esposa.
En un final violento, la mató de un disparo. La niña permaneció con su padre y el cuento dice que desde entonces vivieron sin aquellas penurias.




