Una joven salió a pasear por el bosque sin avisar a sus padres y desapareció. Pasaron tres años sin que su familia supiera dónde estaba.
En el mismo pueblo vivía un cazador que recorría los árboles con su perro. Una noche el animal empezó a ladrar y se le erizó el pelo. En el sendero, sentado sobre un tronco, había un hombre haciendo un zapato de corteza.
Mientras trabajaba miraba la Luna y le ordenaba brillar. Parecía joven, pero tenía el cabello completamente canoso. El cazador lo pensó sin decirlo, y el desconocido respondió como si lo hubiera oído.
Entonces el hombre comprendió que estaba frente a un leshi, un ser del bosque. Le disparó. El herido se levantó y se internó entre los árboles. El perro lo siguió y el cazador fue detrás.
Llegaron a una colina con una grieta. Dentro había una cabaña. El leshi yacía muerto sobre un banco, y a su lado lloraba una joven.
—¿Quién me va a dar de comer ahora? —preguntaba.
El cazador quiso saber de dónde venía y quiénes eran sus padres. Ella no pudo responder: no recordaba otra vida que la de aquel lugar.
Él le propuso volver al pueblo. La ropa de la joven estaba tan gastada que ya no la cubría; había pasado tres años en la cabaña, apartada de los demás. Durante el regreso, el cazador marcó los árboles para reconocer el camino.
Al llegar preguntó si alguna familia había perdido a una hija. Un sacerdote y su mujer acudieron y la reconocieron. La madre lloró de alegría, pero la joven al principio los miraba sin comprender.
Con el tiempo fue recuperando sus recuerdos. Después sus padres la casaron con el cazador y le dieron regalos a él.
Más tarde buscaron la cabaña siguiendo las señales del bosque. Caminaron mucho, pero nunca volvieron a encontrarla.




