Hace mucho tiempo, la gente criaba al pájaro sao porque aprendía a hablar con más facilidad que el loro o el miná. A estos había que enseñarles con paciencia. El sao, en cambio, oía una palabra y ya podía decirla. Además, era capaz de expresar sus propios pensamientos.
Un hombre del norte que tenía un sao robó el búfalo de un vecino y lo mató. Cocinó una parte de la carne y se la comió. El resto lo escondió: un poco en el depósito de arroz y otro poco encima del granero.
Al día siguiente, el vecino salió a buscar al animal.
—¿Viste mi búfalo? —le preguntó.
—No —contestó el hombre.
Pero el sao gritó desde su jaula:
—¡Él lo mató! ¡Guardó una parte en el depósito de arroz y otra encima del granero!
El vecino revisó los dos lugares y encontró la carne. El dueño de la casa siguió negándolo, mientras el pájaro repetía lo que había visto. Como la discusión no terminaba, el vecino acudió al tribunal.
La noche anterior al juicio, el ladrón metió al sao en una vasija, la tapó con una tela y echó agua sobre la cubierta. También golpeó el recipiente desde afuera, produciendo un ruido sordo y retumbante.
El ave pasó allí toda la noche. No pudo ver que afuera brillaba la luna llena ni que, en plena estación seca, el cielo estaba despejado. Solo oyó los golpes y el agua. Al amanecer, el hombre la devolvió a la jaula y la llevó al tribunal como testigo.
Cuando le preguntaron, el sao declaró:
—Él mató al búfalo. Puso una parte en el depósito de arroz y otra encima del granero.
Todos le creyeron. Entonces el acusado intervino:
—¿Van a condenarme a muerte por la palabra de un pájaro? Háganle otra pregunta. Pregúntenle cómo estuvo el tiempo anoche.
El sao recordó el miedo, los retumbos y el correr del agua.
—Anoche tronó y llovió —respondió.
La gente sabía que había sido una noche clara.
—¡No podemos creerle! —exclamaron—. Puso en peligro la vida de un inocente. Desde ahora, nadie debe criar pájaros sao en su casa.
El ladrón quedó libre: el tribunal desechó el testimonio que lo acusaba. El sao fue expulsado de las casas y se fue a vivir al bosque. Allí siguió hablando. Las personas temerosas que oían sus voces entre los árboles decían que eran espíritus.
Un día vio llegar dos aves desconocidas: una tenía el plumaje brillante; la otra lucía negro y dorado. Le preguntó al cuervo y al búho quiénes eran.
—El loro y el miná —le dijeron—. Ya ves qué hermosos son. Además, hablan las palabras de las personas.
—¿Hablan como las personas? —repitió el sao—. Tenemos que advertirles. Vengan conmigo.
Los pájaros del norte fueron a recibir a los recién llegados. Cuando estuvieron juntos, el sao tomó la palabra.
—Venimos a saludarlos y a compartir lo que sabemos, porque ustedes son nuevos en esta tierra. Me dijeron que saben hablar. Yo también. Durante años comí de la mano humana, vi muchas cosas y escuché otras tantas. Mi lengua no solo repetía sonidos: decía lo que yo pensaba y lo que había presenciado, incluso cuando a mis dueños no les gustaba.
»Primero todos me elogiaban. Después me castigaron y me echaron. Si descubren que ustedes hablan, los llevarán a sus casas y les darán alimento. Pero si dicen algo distinto de lo que les enseñan, también los castigarán. A las personas les gusta escuchar sus propios pensamientos; no siempre soportan que un pájaro diga una verdad o muestre un saber que los contradiga.
El loro y el miná escucharon aquella advertencia y temieron expresar lo que pensaban. Por eso, dice el cuento, se limitan a repetir las palabras humanas.



