Un pescador pobre llevaba varios días sin atrapar nada. Estaba sentado, pensando con tristeza en su suerte, cuando Punya In, el dios de la sabiduría, bajó de su morada celeste convertido en cuervo.
—¿Querés dejar esta vida de pescador y vivir con comodidad? —le preguntó.
—Lo deseo muchísimo —respondió el hombre.
El cuervo le hizo una seña para que se acercara y le habló de una provincia lejana. Su chow, el gobernante, acababa de morir.
—Puedo darte esa provincia y todas las posesiones del gobernante —dijo—, si prometés recordar siempre lo que haga por vos.
—Nunca lo olvidaré. Nunca —aseguró el pescador.
El cuervo lo cargó sobre el lomo y voló hasta la provincia. Lo dejó junto a la puerta de la ciudad y entró solo. Fue a la casa del chow, retiró su cuerpo y puso al pescador en su lugar.
Cuando el recién llegado se movió, las personas que velaban al muerto lo oyeron.
—¡Nuestro chow ha vuelto a la vida! —gritaron.
La alegría recorrió la ciudad. Durante muchos años, el pescador gobernó la provincia y disfrutó de todas las riquezas de su antecesor.
Pero el tiempo fue borrando su agradecimiento. Se olvidó del cuervo que lo había llevado hasta allí. Empezó a expulsar a esas aves de los arrozales y llegó a intentar que no quedara un solo cuervo dentro de su provincia.
Punya In vio lo que sucedía. Volvió a tomar forma de cuervo, bajó del cielo y se posó cerca del hombre que había sido pescador.
—Chow, ¿te gustaría ir a un lugar donde todo sea placer y alegría? —le preguntó.
—Llevame —respondió él.
El cuervo lo subió otra vez a su lomo y alzó vuelo. Pero no lo llevó a un nuevo palacio. Lo dejó en la casa pobre donde había vivido antes, junto a su antigua vida de pescador.
Allí tuvo que quedarse para siempre.



