Los espíritus que vivían en las montañas, cerca de una gran ciudad, necesitaron dinero. Bajaron entonces una cantidad de morteros enormes, hechos de piedra, y ordenaron a los habitantes que se los compraran. El precio que pedían era desmesurado.
Los hombres de la ciudad miraron aquellos morteros y respondieron:
—Piden demasiado. Además, no nos sirven: son tan grandes que no podemos usarlos para quitarle la cáscara al arroz ni para ninguna otra tarea. No queremos comprarlos.
A los espíritus les dio mucha rabia que no aceptaran pagar de buena gana.
—Si no los compran —contestaron—, tendrán que llevarlos de vuelta a nuestra casa, en la cumbre. Ya nos cansamos bastante trayéndolos hasta acá.
Los habitantes no se animaban a despertar la ira de los espíritus. Pero tampoco podían cargar aquellas moles de piedra hasta lo alto de la montaña. Se quedaron ante dos exigencias, una imposible de cumplir y la otra costosa.
—¿Qué precio podría ser demasiado alto si así evitamos que estos espíritus se vuelvan contra nosotros? —se dijeron.
Pagaron. Los espíritus se fueron con el dinero y dejaron los morteros en las calles.
Allí seguían cuando algún forastero preguntaba para qué servían o quién los había llevado. La gente le contaba esta historia y aseguraba que era verdadera.
—¿No los estás viendo con tus propios ojos? —decía—. Si los espíritus no los trajeron, ¿cómo habrían llegado hasta aquí?



