Una madre pájaro empollaba en su nido con el corazón triste. Su compañero había salido por la mañana y no había vuelto. Cuando los pequeños se movieron y pidieron comida, ella abrió las alas, abatida, y fue a buscar alimento para que no pasaran hambre.
El padre tampoco regresó al día siguiente ni a los que vinieron después. La madre tuvo que conseguir sola todo lo que sus crías necesitaban. Cada jornada le costaba más y cada jornada esperaba en vano.
Los pichones crecieron, se fortalecieron y aprendieron a volar. Pero la pena y el esfuerzo habían debilitado tanto a su madre que ya estaba muriendo. Los pequeños se apretaron a su alrededor y le preguntaron qué podían hacer para ayudarla.
Con el último aliento, ella les pidió:
—Llamen… llamen a su padre.
Los pájaros salieron a volar bajo sobre la llanura.
—Paw hüey, paw hüey —llamaban: «¡Oh, padre! ¡Oh, padre!».
Los chicos que se quedaban solos en sus casas mientras sus padres trabajaban en los arrozales oyeron aquel lamento. Se pusieron a llorar y respondieron:
—Paw hüey, maa hüey: «¡Oh, padre! ¡Oh, madre!».
Nunca encontraron al padre pájaro. La historia dice que los pequeños todavía cruzan la llanura a poca altura, llamándolo con sus voces tristes, y que los chicos que se sienten solos siguen respondiendo a su llamado.



