Había un matrimonio que discutía siempre. Nunca se trataban con amabilidad. Un hombre rico quiso averiguar si serían capaces de pasar un solo día en paz. Envió a dos hombres con cien monedas de plata y un mensaje:
—Si hoy no se pelean, estas monedas serán de ustedes.
Después de entregar la propuesta, los enviados se escondieron cerca de la casa para observar.
—Si queremos ganar el premio, mejor agarrate la lengua con la mano —le dijo el marido a su mujer—. Si no, no vas a poder pasar el día callada.
—Yo siempre estoy tranquila —replicó ella—. Todos los vecinos saben que sos vos quien busca pelea.
Una respuesta trajo otra. Pronto los dos estaban furiosos y discutían tan fuerte que se los oía desde las casas vecinas. Los enviados salieron de su escondite.
—Está claro que la plata no les corresponde —dijeron.
El hombre rico decidió probar con otro matrimonio, conocido por no pelear nunca. Esta vez cambió la condición:
—Si hoy discuten entre ustedes, recibirán las cien monedas.
El marido quería mucho el dinero y buscó una manera de hacer enojar a su esposa. Ella necesitaba una canasta para poner algodón a secar al sol. Él tejió una con las tiras de bambú tan separadas que cualquier brisa podría llevarse el algodón por los huecos.
Sin embargo, al recibirla, la mujer sonrió.
—Es justo lo que necesito. El sol va a llegar por todos lados, como si el algodón no estuviera dentro de una canasta.
El marido hizo otra. Esta vez dejó una boca muy angosta, por la que costaba meter las cosas, y usó un borde tan áspero que podía arañar la mano al entrar o salir.
«Ahora sí se va a enojar», pensó.
La mujer la miró de un lado y del otro.
—Esta también está bien —dijo—. Cuando sople el viento, el algodón se enganchará en las asperezas de la boca y no podrá volarse.
Los dos enviados estuvieron escondidos todo el día. Escucharon únicamente palabras suaves; no advirtieron que el marido intentaba provocar una pelea. Al anochecer regresaron con el hombre rico.
—Esos dos no saben discutir —le aseguraron.
El rico se alegró de haber encontrado lo que consideraba una virtud. Aunque no habían cumplido la condición de pelearse, ordenó entregarles las cien monedas, porque creyó que los dos amaban la paz.



