En el terreno de un templo del sur crecía un gran árbol frutal. Quienes pasaban por allí miraban sus frutos con ganas de probarlos, pero el religioso a cargo no permitía que nadie comiera uno solo. Los quería todos para él.
Dos hombres hablaron del asunto y decidieron conseguir fruta sin pagar. El primero fue al templo y pidió un poco.
—No —respondió el religioso de mala manera—. La necesito para mí.
—La quería para acompañar un curry de venado —dijo el hombre—. Preparé tanto que me gustaría invitarte a comer.
La respuesta cambió enseguida.
—Llevate lo que quieras.
El visitante llenó su pañuelo con fruta. Antes de irse, anunció que volvería al atardecer para buscarlo.
Poco después llegó el segundo hombre y también pidió frutos. Recibió la misma negativa, hasta que explicó:
—Quería comerlos con un curry de cerdo. Si te parece, al caer el sol vengo a buscarte y cenamos juntos.
—Llevate toda la fruta que necesites —contestó el religioso.
El hombre llenó una canasta grande y se fue.
Al atardecer, los dos aparecieron al mismo tiempo. El religioso salió con ellos. Cuando llegaron a una bifurcación, uno lo agarró de un brazo.
—Vení primero conmigo. Mi casa queda por acá.
El otro lo tomó del brazo contrario.
—No, primero conmigo. Mi familia ya debe estar comiendo.
Discutieron y tironearon de él hacia un lado y hacia el otro. El religioso terminó agotado y lleno de moretones.
—¡Basta! —dijo—. No voy a comer ni venado ni cerdo.
Los dos hombres lo soltaron y volvieron a sus casas, riéndose. Uno no tenía venado ni el otro tenía cerdo: las dos cenas habían sido inventadas.



