Un hombre y su mujer viajaron un día entero hasta el mercado para vender sus mercaderías. Al volver, los sorprendió una lluvia muy fuerte. Apuraron el paso y, al llegar a un templo, le pidieron refugio al religioso que estaba a cargo.
Él no los dejó entrar. La pareja le rogó que al menos les permitiera dormir bajo el techo, junto a la escalera, pero también se negó. Enojados, se metieron debajo del edificio y se quedaron allí.
El religioso se acostó sobre su estera, en la habitación que quedaba justo encima de los viajeros. Desde abajo oyó al hombre hablarle a su esposa.
—Qué bueno será volver a ver a nuestra hija, tan joven y hermosa. Espero que esté bien.
Al escuchar aquello, el religioso se levantó de inmediato.
—¡Suban, buena gente! —llamó—. Pueden dormir dentro del templo. Acá tienen esteras para descansar.
La pareja entró y siguió hablando de la belleza de su hija. Finalmente, el anfitrión les hizo una pregunta.
—Cuando deje el templo y quede libre de mis votos, ¿me darán a su hija por esposa?
El marido miró a la mujer.
—Nos parece bien —respondió.
A la mañana siguiente quisieron preparar arroz al vapor, pero no tenían olla. El religioso les ofreció la suya y hasta insistió en que encendieran el fuego con la madera que sostenía las ramas del Po, el árbol sagrado del templo.
Cuando los viajeros estuvieron listos para partir, les entregó comida, plata y oro.
—Pronto dejaré la vida religiosa e iré a casarme con su hermosa hija —les anunció.
Tres días después, el hombre y la mujer regresaron. Traían una noticia terrible: según dijeron, su hija había muerto. Pasaron largo rato lamentándose con el religioso.
—Seguiré siendo fiel a mi amor por ella —juró él—. Nunca abandonaré mis votos.
La pareja volvió a su casa, gastó la plata y el oro que había recibido y se rio de lo ocurrido. Jamás había tenido una hija.



