Un padre y una madre tenían un hijo llamado Ai Powlo, que hacía daño con sus engaños. Un día, mientras trabajaban en el arrozal, el padre lo mandó a llevar un mensaje a su madre. Pero Ai Powlo le dijo otra cosa.
—A papá se lo comió un tigre.
La dejó desesperada y volvió al campo. Allí le anunció a su padre que la casa se había incendiado y que su madre había muerto entre las llamas. Durante tres días, el hombre se quedó lamentándose en la casilla del arrozal.
Mientras tanto, Ai Powlo trasladó a su madre y la casa a otro lugar. Después buscó al padre.
—Vi a una mujer en una casa nueva, junto al arroyo. Se parece a mamá. ¿Te gustaría casarte con ella?
—Si vos conseguís que acepte, te lo agradeceré —respondió el hombre.
Ai Powlo fue a hablar con su madre.
—Conozco a un hombre que sería un buen marido. Trabajaría en los arrozales. ¿Querés que lo traiga?
Pensando en el trabajo, ella aceptó. Pero cuando se encontraron, marido y mujer se reconocieron de inmediato. Comprendieron que su hijo los había engañado y Ai Powlo huyó de su enojo.
Viajó durante muchos días. En el camino le robó carne de cerdo a un hombre chino y fue hacia unos arrozales. Allí encontró a un anciano trabajando.
—¿No tenés ganas de comer cerdo? —le preguntó—. Traje un poco y puedo compartirlo.
El viejo aceptó. Fueron a la casilla del campo para cocinar, pero no encontraron una olla.
—Mientras preparo el fuego, andá a mi casa y pedile una a mi mujer —dijo el anciano.
Ai Powlo llegó a la vivienda con otro mensaje.
—Tu marido necesita todo el dinero que tienen guardado. Encontró un elefante que puede comprar ahora.
La mujer se negó a entregárselo. Entonces Ai Powlo gritó hacia la casilla, donde el hombre esperaba con hambre:
—¡No me lo quiere dar!
—¡Dáselo! ¡Apurate! —respondió el viejo, pensando en la olla.
La mujer entregó el dinero. Ai Powlo tomó todos los ahorros y huyó hacia otra provincia.
Más adelante vio a cuatro hombres calvos que se echaban agua en la cabeza para refrescarse. Se acercó corriendo.
—Conozco un remedio que hace crecer el pelo. Frótense la cabeza hasta lastimarse la piel, mientras yo lo preparo.
Los hombres le creyeron. Ai Powlo hizo una mezcla de ají y sal y se la entregó. Ellos ya se habían frotado hasta sangrar. Al ponerse aquel falso remedio, sintieron un dolor terrible. Quisieron matar al embaucador, pero él escapó y se refugió junto al chow, el gobernante.
—Acabo de ver a cuatro hombres mayores que se golpeaban las cabezas para medir sus fuerzas —le contó—. Son tan fuertes que se dejaron todos raspados y ensangrentados.
Mientras hablaba, los cuatro llegaron a la vista del chow. El gobernante los llamó.
—Si pueden luchar así para divertirse, también pueden hacerlo para entretenerme a mí.
No se animaron a desobedecer. Lastimados como estaban, tuvieron que luchar entre ellos. Ai Powlo aprovechó la escena para escapar, todavía temeroso de su furia. En la huida cayó a una corriente profunda y se ahogó.
Pasaron muchos años. Dos pescadores trabajaban en aquel curso de agua cuando sacaron algo extraño en la red. No era un pez: era un cráneo. Y el cráneo se reía y se burlaba de ellos.
Los pescadores estaban hablando de aquel hallazgo cuando se acercó un hombre en una embarcación cargada de mercaderías.
—¿Viste alguna vez un cráneo que se riera y se burlara? —le preguntaron.
—Nunca, y tampoco creo que exista —contestó el navegante.
—¿Qué nos darías si te lo mostramos?
—Todo lo que llevo en el bote —respondió él, riéndose.
Entonces le mostraron el cráneo, que se rio y se burló también de él. El hombre perdió sus mercaderías en la apuesta. Enfurecido, cortó y rompió el cráneo en pedazos. Con esos fragmentos fabricó dados para jugar.
Era el cráneo de Ai Powlo. La vieja historia encuentra apropiado ese destino para los restos de alguien que, en vida, había vivido engañando y haciendo daño.



