En una historia de los tiempos antiguos, Lox salió a recorrer el mundo bajo la forma de Hespuns, el Mapache. Podía andar con muchos disfraces.
Una mañana encontró a un Oso enorme. El Oso quiso matarlo para castigarlo por sus maldades y también para comérselo en el desayuno. Lox corrió a esconderse dentro de un árbol hueco. El Oso lo siguió y empezó a arrancar el árbol de raíz.
Lox vio que pronto se le acabaría el refugio, pero se puso a cantar como si no le importara.
—Podés empujar y cavar todo lo que quieras: así nunca me vas a atrapar. Si entraras de espaldas tendría que rendirme. Pero no podés, porque el agujero es demasiado chico.
El Oso le creyó. Agrandó la abertura y entró hacia atrás. Lox lo sujetó y no lo soltó hasta matarlo.
Después salió, se hizo unas manoplas con la piel del Oso y continuó su camino. Vio humo que salía de una vivienda y entró. Allí estaban los pequeños de una familia de Gatos Negros.
—Péinenme y déjenme bien arreglado. A cambio les doy estas lindas manoplas de piel de oso.
Los pequeños le peinaron el pelo y le cepillaron la cola. Mientras trabajaban, Lox se durmió. Ellos tenían mucha hambre: rasparon la piel fresca de las manoplas, la cocinaron y se la comieron.
Al despertar, Lox exigió sus manoplas con una voz espantosa.
—Las cocinamos y las comimos —contestaron, aterrados.
Lox los estranguló a todos, salvo al menor. Creyó que, como el bebé todavía no hablaba, no podría delatarlo. Puso los cuerpos junto al camino y los acomodó con un palo en las bocas para que parecieran sonreír. El frío los dejó rígidos. Después escapó.
Cuando llegó el padre, creyó por un instante que sus hijos sonreían de alegría al verlo. Pero ninguno se movía. Su alegría se convirtió en dolor.
El bebé salió del escondite donde se había refugiado. No podía hablar, pero tomó un pedazo de carbón y se dibujó una marca desde la boca alrededor de la mejilla.
—Ahora sé quién fue: ¡el Mapache! —exclamó su padre.
Corrió tras él con un garrote. Lox lo vio acercarse, con apariencia humana, y le dijo:
—Ningún garrote puede matarme. Sólo puede hacerlo una espadaña.
El Gato Negro fue hasta un pantano, arrancó una gran espadaña y volvió a golpearlo con ella. La cabeza de la planta estalló; su pelusa húmeda quedó pegada a la cabeza de Lox. El padre confundió aquella pelusa con restos de la cabeza de Lox y creyó que el golpe lo había matado. Se fue.
Lox permaneció inmóvil hasta que estuvo lejos. Después se levantó y siguió.
Llegó a un lugar donde varias mujeres amamantaban a sus bebés.
—Qué manera tan lenta de criar chicos. En mi tierra los hacemos crecer de un día para otro: los dejamos por la noche en agua fría. Préstenme uno y les muestro.
Le entregaron un bebé. Lox lo llevó al río, abrió un agujero en el hielo y lo puso allí. A la mañana siguiente, gracias a sus poderes, sacó a un hombre adulto, vivo y sano.
Las mujeres quedaron asombradas. Esa noche pusieron a sus propios bebés bajo el hielo. Lox huyó. Los bebés murieron.
En otro campamento encontró mujeres que cosían bolsas con buenas telas y pieles.
—Trabajan muy despacio. En mi tierra hacemos las bolsas bajo las cenizas. Denme un pedazo y van a ver.
Puso la tela bajo las brasas y, a los pocos minutos, sacó una bolsa hermosa. Las mujeres se apuraron a poner sus materiales en el fuego. Lox se fue antes de que los retiraran, quemados y arruinados.
Más adelante llegó a un gran río y no supo cómo cruzarlo. En la orilla había un viejo Wiwillmekq, un ser parecido a un gusano enorme o un caimán con cuernos. Era ciego.
—Abuelo, llevame al otro lado.
—Sí, nieto —contestó, y entró en el agua con él.
Los cuervos que volaban sobre ellos comenzaron a burlarse.
—¿Qué dicen esos pájaros? —preguntó el viejo.
—Que te apures, que corras por tu vida con el Mapache.
Wiwillmekq nadó cada vez más rápido. Como no veía la orilla, chocó con tanta fuerza que metió la cabeza y medio cuerpo en el barranco. Lox saltó a tierra y lo dejó allí. Nunca se preocupó por averiguar si había podido salir.
Después encontró unas bayas oscuras.
—¿Cómo me caerían si las comiera?
—Muy mal: somos bayas que atragantan.
—Entonces no las quiero.
Más lejos vio otras bayas.
—¿Y ustedes cómo me caerían?
—Te haríamos picar: somos bayas de la picazón.
—Eso sí me gusta —dijo Lox, y comió hasta llenarse.
Al seguir andando, empezó a sentir pinchazos por todo el cuerpo. Se rascó y se rascó, pero no encontró alivio. Entonces se frotó contra una roca áspera. Subió y bajó tantas veces que se le cayó el pelo.
Por eso, cuenta la historia, el mapache todavía tiene poco pelaje en las partes donde se rascó. Y aquí termina el cuento.




