Un padre y una madre pobres tenían una hija pequeña a la que llamaban Boca de Veneno.
Un día entraron muchas vacas en el jardín. Al verlas pisotearlo, la madre se enfureció.
—¡Están destruyendo todo! ¡Ojalá se murieran!
La niña oyó sus palabras y las repitió a su manera:
—Muéranse todas, porque están destruyendo nuestro jardín.
En ese mismo instante, las vacas cayeron muertas.
Otro día pasaron grandes enjambres de abejas sobre la casa. La madre se quejó:
—¿Por qué nunca vienen acá, para que tengamos miel?
—Vengan acá, así tendremos miel —llamó la pequeña.
Antes del atardecer, la casa estaba llena de abejas y la familia tenía más miel de la que podía usar.
La noticia llegó a un gran chow, un gobernante. El relato dice que el dios del amor lo impulsó a endulzar aquella boca capaz de hacer daño. Mandó a diez hombres con un mensaje para los padres:
—Cuiden bien a su hija. No permitan que escuche palabras malas. Cuando tenga edad suficiente, la tomaré por esposa.
Los mensajeros llegaron a la casa y empezaron a hablar:
—Pobre gente…
La madre no los dejó terminar. Aquellas palabras la indignaron.
—¡Son unos perros malos! —gritó.
—¡Perros malos son! —repitió la niña.
Los diez hombres dejaron de ser hombres. Se convirtieron en perros que gruñían y trataban de morderse.
El chow, muy preocupado, envió otros veinte mensajeros. Pero cuando la madre los vio acercarse, exclamó:
—¡Mirá los perros que vienen ahí!
—Sí, ahora vienen veinte perros —respondió Boca de Veneno.
Los veinte hombres también se transformaron y quedaron peleándose en las calles.
—¿Quién puede ayudarme? —preguntó el gobernante, angustiado pero todavía dispuesto a insistir.
Un anciano se ofreció. Fue a ver a la niña cuando su madre no estaba y le habló suavemente.
—Hija, tu lengua te fue dada para bendecir, no para maldecir. Vení conmigo y aprendé solamente cosas buenas.
—Voy —respondió ella.
El anciano la llevó a la casa del chow. Desde entonces, el gobernante se cuidó de no decir palabras malas. La niña escuchó solo palabras amables y buenas, y la historia cuenta que también ella creció buena y hermosa. Las palabras de su boca, que antes podían causar daño, empezaron a traer bendiciones.



