En una aldea del sur vivía un hombre que hablaba sin parar de su fuerza y su resistencia. Si alguien contaba un peligro que había pasado, él conocía uno mayor. Si otro recordaba una hazaña, él aseguraba haber hecho algo mucho más difícil. Lo llamaban Kee-oo-yai, el gran fanfarrón.
Cuando los hombres de la aldea conversaban y lo veían acercarse, se burlaban entre ellos.
—Ahí viene. Mejor escapemos. ¿No es acaso tan fuerte y valiente como un elefante? A su lado, nosotros somos apenas perros o chanchos.
Se dispersaban antes de que llegara y lo dejaban solo.
Un día apareció un muchacho de otra provincia. Oyó hablar del fanfarrón y anunció que podía hacerlo pasar vergüenza delante de sus vecinos.
—Hay algo en lo que casi nadie me gana —dijo—. Puedo correr una distancia corta sin que el corazón se me acelere. Lo voy a desafiar a subir una cuesta conmigo, respirando solo cuatro veces hasta llegar arriba.
Al día siguiente buscó a Kee-oo-yai y le propuso aquella carrera. Como de costumbre, el hombre necesitó agrandar la apuesta.
—Si vos podés llegar con cuatro respiraciones, yo puedo hacerlo con dos.
Muchos vecinos corrieron junto a ellos para vigilar que ninguno hiciera trampa. Apenas habían recorrido un tramo cuando el fanfarrón ya no pudo seguir. Dolorido y avergonzado, gritó:
—¡Si hubiéramos corrido cuesta abajo, seguro que yo habría hecho más que vos!
Los hombres se burlaron.
—Tus palabras son enormes, pero tus hechos son pequeños. No vamos a escucharte más. Un muchacho venció al que decía ser más fuerte que todos.
Desde entonces, cuenta la historia, Kee-oo-yai dejó de presumir y la aldea no volvió a escuchar sus alardes.



