En un templo del norte vivía un religioso al que le gustaba tanto masticar nuez de areca, llamada betel en esta historia, que un día le preguntó a un joven del templo:
—¿No murió nadie hoy?
—No oí hablar de ninguna muerte —respondió el muchacho.
Un hombre que estaba rezando escuchó la pregunta. Al volver a su casa, reunió a los suyos.
—Quiere que alguien muera para tener betel en el funeral —dijo—. Le importa más su apetito que la vida de una persona. Vamos a darle un escarmiento: prepárenme como si estuviera muerto y lloren bien fuerte para que venga.
Lo acostaron, lo cubrieron y empezaron a lamentarse a gritos. El religioso oyó el llanto y llegó deprisa, contento ante la perspectiva de recibir lo que tanto deseaba.
—Ya es tarde —le dijeron—. Tenemos que llevar a nuestro hermano al lugar de cremación. Haremos la comida cuando regresemos.
Todos se pusieron en marcha. Al llegar, entregaron al religioso un extremo de la tela que cubría el cuerpo; el otro quedó sobre el supuesto difunto.
—Pedí bendiciones para nuestro hermano —le solicitaron—. Nosotros vamos a preparar la leña.
Lo dejaron rezando junto al cuerpo. En vez de reunir madera, cortaron ramas con espinas y las pusieron sobre el sendero y a sus costados, de modo que el religioso no pudiera escapar sin lastimarse. Después se escondieron.
La oscuridad fue cerrándose alrededor del hombre que rezaba. Cada vez hablaba más fuerte y más rápido. De pronto, el cuerpo se movió y dejó escapar un gemido.
—¡Estoy pidiendo bendiciones para vos! —exclamó el religioso—. ¿Por qué te movés?
El supuesto muerto se incorporó y gimió todavía más alto. El religioso salió corriendo hacia el templo. Las espinas lo atraparon; cayó de cabeza, se cortó y siguió huyendo, ensangrentado.
Con muchísimo esfuerzo consiguió llegar. El joven le curó las heridas, que le dolían intensamente. Solo después de descansar un rato se acordó de preguntar:
—¿La familia del muerto trajo betel mientras yo no estaba?
—No —contestó el muchacho—. Podés ir a comer a su casa.
—¡No volveré! —respondió el religioso—. Aunque mueran diez o veinte personas, no iré. ¡Si van a morirse como se murió ese hombre, no iré nunca más!



