Un hombre pobre iba por el camino pidiendo comida. Mientras caminaba, repetía casi como un canto:
—Si alguien me da de comer hasta que quede satisfecho, nunca olvidaré su bondad ni su mérito.
Se cruzó con un hechicero, que quiso saber qué decía. El hombre repitió su promesa.
—La gente de estos tiempos olvida los beneficios que recibe —contestó el hechicero.
—Yo no los olvidaría —aseguró el hombre.
—Seguí tu camino, hijo.
El hombre continuó andando y repitiendo las mismas palabras. Poco después encontró un perro. También el perro le preguntó qué decía y escuchó su respuesta.
—Las personas olvidan —le advirtió—. Cuando yo era joven y fuerte, cuidaba la casa y las tierras de mi amo. Ahora soy viejo y ni siquiera me deja pasar por su puerta. Me insulta, me pega y no me da comida. Se olvidó de todo lo que hice.
El caminante siguió. Más adelante encontró un búfalo y volvió a explicar su promesa.
—Cuando tenía fuerzas, yo araba los campos para que mi amo tuviera arroz —dijo el animal—. Entonces parecía agradecido. Ahora que ya no puedo trabajar, me echó para que muera lejos de él.
Desalentado por lo que había oído, el hombre regresó junto al hechicero.
—¿Vos recordarías siempre un beneficio? —le preguntó este.
—¡Nunca lo olvidaría! —juró.
El hechicero le mostró dos joyas.
—Si me pongo esta en la boca, puedo volar como un pájaro. La otra concede lo que uno desea cuando la tiene en la boca. Esa segunda joya te la doy a vos.
El hombre la recibió con palabras de agradecimiento. Deseó salud y felicidad a su benefactor y prometió pedir siempre bendiciones para él. Luego volvió a su casa. Gracias a la joya, todos sus deseos de riqueza se cumplieron.
Los vecinos quisieron saber de dónde salía tanta abundancia.
—Un hechicero me dio una joya —les explicó—. Me la pongo en la boca y consigo cuanto quiero. Pero todavía tiene otra, con la que se puede volar. Vengan conmigo: lo mataremos y esa joya será de todos.
Los vecinos aceptaron. Juntos se acercaron a la casa del hechicero. Al ver entre ellos al hombre que había ayudado, el dueño lo llamó.
—¿Por qué no viniste a visitarme, hijo?
—No tuve tiempo. Estuve muy ocupado —respondió el hombre.
El hechicero conocía sus intenciones.
—¿Por qué querés matarme?
—Dame la joya que te queda o te mataré —lo amenazó el beneficiado.
—¿Trajiste la joya de los deseos? Mostrámela primero.
Ansioso por conseguir la otra, el hombre extendió la que llevaba. El hechicero ya se había puesto en la boca la joya que permitía volar. Le arrebató la joya de los deseos y se elevó en el aire.
Se fue con las dos. Abajo quedaron el hombre y sus vecinos, sin ninguna.



