Marko era un comerciante rico al que le costaba desprenderse de cualquier moneda. Un día vio a un hombre pobre dar un kopek a un mendigo. Para no quedar mal, le pidió prestado otro y lo entregó como limosna.
—Pasá mañana por mi casa y te lo devuelvo —prometió.
El hombre fue al día siguiente. Marko no tenía cambio. Volvió otra vez y recibió la misma respuesta. Finalmente le dijeron que esperara dos semanas.
Cuando regresó, Marko lo vio desde la ventana y tuvo una idea. Se acostó bajo los iconos, se cubrió con una tela y le pidió a su mujer que fingiera llorar su muerte.
El visitante escuchó la noticia y se ofreció a lavar el cuerpo, como último servicio a cambio de aquella moneda. Trajo agua tan caliente que Marko apenas pudo soportarla. Pero el comerciante siguió haciéndose el muerto.
Lo pusieron en un ataúd y lo llevaron a la iglesia. El hombre pobre se quedó leyendo oraciones a su lado.
Durante la noche entraron unos ladrones con su botín. El lector se escondió detrás del altar. Los recién llegados repartieron lo robado, pero no lograban decidir quién se quedaría con un sable de oro.
Entonces el hombre salió de su escondite.
—Que se lo lleve quien se anime a cortar la cabeza de ese cadáver —propuso.
Marko saltó del ataúd. Los ladrones, aterrados, dejaron todo y escaparon.
Los dos hombres quedaron solos entre las riquezas abandonadas. Marko sugirió repartirlas y cada uno recibió una parte abundante.
—¿Y mi kopek? —preguntó entonces el hombre pobre.
El comerciante lo miró como si aquella fuera la verdadera dificultad de la noche.
—Pero, amigo, ¿no ves que todavía no tengo cambio?
Así terminó el reparto. Habían encontrado una fortuna, pero Marko siguió debiendo la pequeña moneda con la que había querido parecer generoso.




