Un herrero decía que nunca había visto la desgracia. Como todos hablaban de ella, decidió salir a buscarla. Por el camino encontró a un sastre que también creía haber vivido sin grandes males, y los dos siguieron juntos.
Al llegar la noche entraron en una cabaña del bosque. Estaba vacía, hasta que apareció una mujer alta y encorvada, con un solo ojo. Era Likho, nombre que el cuento relaciona con el mal y la desventura.
—Ya tengo cena —dijo al verlos.
Encendió el horno, mató al sastre y se lo comió. El herrero, atrapado, buscó una manera de ganar tiempo.
—Sé trabajar el metal —le dijo—. Puedo hacerte un ojo.
Likho aceptó. Él explicó que necesitaba sujetarla para que no se moviera. Probó primero una cuerda débil, que ella rompió, y después otra más fuerte. Cuando la tuvo inmovilizada, la hirió en el ojo que veía.
Likho consiguió soltarse y se sentó en la puerta. No veía, pero no pensaba dejarlo escapar.
Esa noche entraron sus ovejas. El herrero observó que, al amanecer, ella las dejaba salir de una en una, palpándoles el lomo. Se puso su abrigo de piel con la lana hacia afuera y avanzó agachado entre el rebaño.
Likho tocó la lana y lo empujó hacia la salida. Una vez afuera, el hombre se enderezó y gritó que ya estaba libre.
—Todavía no terminaste conmigo —respondió ella.
El herrero corrió por el sendero. En un árbol vio un hacha de mango dorado. Quiso llevársela y la agarró. Su mano quedó pegada: por más que tiraba, no podía soltarla.
Detrás apareció Likho. Se acercaba llamándolo. El herrero, desesperado, usó el cuchillo que llevaba para cortarse la mano y consiguió escapar.
Regresó a su pueblo sin el sastre y con una herida que no podía ocultar. Cuando le preguntaron por su viaje, mostró el brazo.
Ahora conocía la desgracia que había salido a buscar.




