Asanze, Alcaudón, era herrero. Los animales de los otros poblados iban a su fragua para trabajar sus herramientas. Al terminar la jornada, las dejaban en el suelo y le proponían siempre el mismo desafío.
—Decinos quién de nosotros es el mayor. Si podés resolverlo, nos entregás nuestras cosas.
Asanze los observaba con atención. Los miraba de un lado, después del otro, pero todos parecían de la misma edad. No conseguía dar una respuesta. Sus visitantes se iban con las manos vacías y dejaban las herramientas allí, como prenda del desafío.
La escena se repetía día tras día.
Kudu, Tortuga, era amigo del herrero. Una mañana fue a ayudarlo a mover el fuelle, que avivaba el fuego de la fragua. Antes de salir había preparado tres paquetes de comida, llamados jomba. En uno llevaba carne de civeta con entrañas de antílope rojo; en otro, carne de gineta; en el tercero, una serpiente edubu.
Trabajó en el fuelle hasta que llegó la hora de comer. Entonces sacó el primer paquete.
—Vengan a comer la civeta con entrañas —ofreció.
Algunos se acercaron y eligieron esa comida. Kudu dejó que comieran y levantó el segundo paquete.
—Acá hay gineta. ¿Quién quiere?
Otro grupo se reunió alrededor de ese plato. Por último, Tortuga abrió el paquete de serpiente.
—Y acá queda edubu. Vengan a probar.
Los que faltaban se acercaron a comer. Kudu miró quiénes elegían cada alimento y después volvió al trabajo con los demás.
Al terminar la jornada, las herramientas seguían en el suelo. Los visitantes se acercaron otra vez a Asanze.
—Mostranos quién es el mayor.
El herrero le pidió a Tortuga que diera la respuesta. Kudu señaló al primer grupo:
—Los que comieron civeta son los mayores. Los que eligieron gineta son más jóvenes. Y los que comieron serpiente son los menores de todos.
Los visitantes reconocieron que había acertado. Cada uno recogió sus herramientas y, esta vez, todos volvieron a sus poblados con lo que habían venido a buscar.



