Al morir un hombre, sus tres hijos tuvieron que repartirse la herencia. Los dos que se creían más inteligentes decidieron aprovecharse del tercero, que confiaba en ellos. Para dividir el ganado abrieron dos salidas amplias del corral y una muy angosta.
—Los animales que pasen por esa abertura serán tuyos —le dijeron.
Casi todos salieron por las puertas grandes. Por la pequeña pasó un solo toro joven. El hermano aceptó el reparto, llevó su toro al bosque y lo ató con una soga fuerte a un arbolito. Después se alejó.
Volvió tres días más tarde. Sin comida ni agua, el animal había tironeado hasta arrancar el árbol. Entre las raíces apareció una vasija llena de monedas de oro.
El muchacho jugó un rato con las monedas y decidió llevárselas al rey. Pero cada persona que se cruzaba con él metía la mano en la vasija, sacaba oro y dejaba piedras o pedazos de madera para que no advirtiera la falta.
Cuando llegó al palacio y volcó el supuesto tesoro a los pies del rey, solo cayeron desperdicios. El monarca se enfureció y sus cortesanos sacaron al visitante y lo golpearon.
—¿Por qué me pegaron? —preguntó cuando pudo levantarse.
—Porque trabajás en vano —contestó alguien, burlándose.
El muchacho se fue repitiendo aquellas palabras. Al pasar junto a un campesino que cosechaba, se las dijo tantas veces que el hombre perdió la paciencia y le pegó también.
—¿Qué tendría que haber dicho?
—¡Que Dios te dé una buena cosecha!
Siguió camino con la nueva frase. Encontró un entierro y saludó a los presentes deseándoles una buena cosecha. Lo golpearon de nuevo y le enseñaron a decir: «Que el cielo dé descanso a tu alma».
Con esas palabras saludó a unos recién casados. Otra paliza, otra corrección: debía desearles que fueran fecundos y se multiplicaran. Llegó a un monasterio repitiendo ese deseo a cada monje, y los monjes también lo golpearon.
Esta vez decidió vengarse. Esperó escondido hasta que todos durmieran y robó una campana que podía cargar. La llevó al bosque, subió a un árbol y la colgó de una rama. De tanto en tanto la hacía sonar para entretenerse y espantar animales.
Cerca de allí, unos ladrones terminaban un banquete antes de repartirse el botín. Al oír la campana pensaron en huir, pero el más viejo propuso mandar a alguien a averiguar.
El explorador se acercó al árbol y preguntó:
—¿Quién sos? Si sos un ángel que viene a castigarnos, tené piedad. Si sos un diablo, vení a compartir lo que tenemos.
El muchacho comprendió que eran ladrones. Sacó un cuchillo y respondió con voz grave:
—Subí y mostrame la lengua. Voy a escribir ahí quién soy y qué quiero.
El ladrón obedeció. El muchacho le cortó la lengua y lo arrojó del árbol de una patada. El herido corrió gritando de dolor. Sus compañeros, al verlo, huyeron aterrados y abandonaron todo.
A la mañana siguiente, el hermano recogió el botín y regresó sin contarle nada a nadie. Se volvió más rico que los otros dos y construyó tres palacios: uno para él, otro para quien cuenta esta historia y otro para vos. En el primero hay fiesta, y el cuento termina invitándonos a entrar.


