Un consejero de un rey de Arabia quería saber cuánto lo apreciaban su soberano, su esposa y sus amigos. Decidió ponerlos a prueba a todos a la vez.
Estaba encargado de cuidar una cabra que el rey quería mucho. La sacó del palacio y se la llevó a su casa. Allí le contó a su esposa que la había robado y, delante de ella, le ordenó al cocinero que la asara.
Después habló con el cocinero a solas: debía esconder la cabra real, viva, y preparar un cabrito en su lugar. Durante la cena, la esposa elogió mucho la comida.
Cuando el rey supo que faltaba su cabra, se enfureció.
—¡Si un hombre descubre al ladrón, lo llenaré de oro! ¡Si lo descubre una mujer, me casaré con ella!
La esposa del consejero prefirió convertirse en reina y denunció a su marido. El rey ordenó ejecutarlo y se casó con ella.
Pero los viejos amigos del condenado pagaron un gran soborno. Consiguieron salvarlo haciendo que ejecutaran a otro preso en su lugar y lo escondieron en un reino vecino.
Pasaron algunos años. Surgieron problemas de gobierno que nadie sabía resolver. El rey empezó a lamentar la ausencia de su antiguo consejero.
—Por una cabra sacrifiqué a un hombre inteligente. Si estuviera acá, resolvería todo esto en un día.
Los amigos esperaron una ocasión favorable y confesaron lo que habían hecho. El rey se alegró al saber que el consejero vivía y ordenó traerlo de regreso.
Lo recibió bien. El hombre, por su parte, le devolvió la cabra, que nunca había muerto.
—Amigo mío —dijo el rey—, ya vemos que el peor azote es el falso testimonio y que, por encima de todo, debemos desconfiar de nuestras esposas.


