Un cazador mató un ciervo en las montañas y le quitó la piel. La colgó de un arbusto y bajó al arroyo a lavarse las manos. Cuando volvió, el ciervo estaba vivo y se alejaba a los saltos.
Corrió detrás de él, pero lo perdió de vista. Más adelante encontró a un caminante y le preguntó si había visto un ciervo sin piel.
—Nunca vi algo así —respondió el hombre—. Pero cerca hay una fuente que cura a los animales que se bañan en ella. Tal vez haya pasado por allí. Si querés conocer más maravillas de este país, buscá a Dervish: lo vas a encontrar fumando en un patio, con un asno y una burra atados delante.
Después de mucho buscar, el cazador encontró ese patio. Dervish lo recibió y le contó su historia.
—Yo amaba a mi esposa, pero ella se veía a escondidas con nuestro vecino. Cuando le pregunté, no respondió: me golpeó con un látigo y me convirtió en perro. Me echó al patio y yo huí.
»Pasé hambre y sed. Quería hablar y solo podía ladrar. Intentaba caminar en dos patas y me caía. Después descubrí que saltaba con facilidad, y eso me levantó un poco el ánimo.
»Un hombre me vio y sonrió. Corrí hacia él, pero se asustó y alzó su bastón. Retrocedí. Volví a acercarme jugando, hasta que comprendió que no iba a atacarlo. Era un sacerdote de aldea: me acarició, me dio de comer y me llevó consigo.
»Cuando descansó bajo un árbol me pidió que vigilara. Obedecí por miedo a que me echara si me encontraba dormido. Esa noche nos alojamos con unos pastores, que mataron un cordero y prepararon una fiesta para recibirlo. Yo miraba tanto las copas que uno de ellos me ofreció vino en un plato.
»Mientras dormían, llegaron lobos. Los otros perros ladraban sin acercarse. Yo maté tres y protegí al rebaño. Los pastores le ofrecieron dinero al sacerdote, y él me vendió.
»Seguí defendiendo las ovejas. Mi fama llegó al rey y me llevaron al palacio, donde su hija enfermaba cada noche por ataques de seres misteriosos.
»La primera noche vi cisnes que atravesaban las puertas cerradas y se lanzaban sobre la princesa dormida, ahogándola y pisoteándola. Yo estaba atado y no podía alcanzarlos. A la mañana me reprocharon no haber hecho nada, hasta que un cortesano pidió que me soltaran.
»La segunda noche maté diez cisnes. El undécimo me suplicó que lo dejara vivir: prometió ayudarme con mi esposa y el vecino. Lo solté. A la mañana, la princesa despertó sana y alegre. El rey me dio una pesada cadena de oro y ordenó alimentarme como a un príncipe.
»Vivía bien, pero extrañaba mi casa. Escapé y regresé. Mi esposa me quitó la cadena, me golpeó otra vez con el látigo y me transformó en pato.
»Volé hasta un campo de mijo. No conocía las trampas y caí enseguida en una red. El campesino me llevó a su esposa y le pidió que me cocinara para el almuerzo. Cuando él salió, ella me observó, tomó un látigo de la pared y me devolvió la forma humana.
»“¿Te ayudé o no?”, me preguntó. “Éramos doce hermanas. Mataste a diez; yo soy la que perdonaste y tu esposa es la duodécima. Volvé a tu casa, tomá el látigo que cuelga sobre su cama y golpeá con él a los dos. Podés convertirlos en los animales que quieras”.
»Esa noche entré mientras dormían. Convertí a mi esposa en asno y al vecino en burra. Son estos dos que ves acá.
Cuando el cazador terminó de escuchar, salió corriendo de aquel país de encantamientos. Decidió que nunca volvería.


