El magistrado de Kosong recibió a un visitante y lo invitó a almorzar. Entre los platos que llevaron a la mesa había sopa de raya.
Apenas la vio, el hombre apartó la mirada.
—Hoy no como carne —dijo—. Les pido que me disculpen.
Pero se había puesto muy pálido y le corrían lágrimas por la cara. El magistrado comprendió que no se trataba solamente del almuerzo. Después de preguntarle varias veces qué ocurría, escuchó una historia que aquel hombre casi nunca contaba.
—Mi padre estaba cerca de cumplir cien años cuando tuvo una fiebre terrible. Sentía el cuerpo tan caliente que no podía descansar. Un día nos pidió que lo lleváramos hasta el río que pasaba frente a casa. Quería mirar el agua y sentir el aire de la orilla.
La familia temía moverlo, pero el anciano insistió. Finalmente lo llevaron y lo acomodaron junto a la corriente. Pareció alegrarse en cuanto vio el agua.
—Ahora déjenme solo un rato —pidió—. Esperen entre los árboles hasta que los llame.
Sus hijos volvieron a discutir con él. El padre se enojaba cada vez más y ellos terminaron por apartarse, preocupados por contrariarlo en aquel estado.
Caminaron una corta distancia y se dieron vuelta. El lugar donde lo habían dejado estaba vacío.
Corrieron hasta la orilla. Allí estaban sus ropas. El agua se había enturbiado y, entre sus movimientos, alcanzaron a ver algo imposible: el cuerpo del anciano estaba cambiando. Una parte ya tenía la forma plana de una raya.
La transformación terminó ante sus ojos. El pez nadó, se sumergió y volvió a asomar, moviéndose con una alegría que el anciano enfermo no había tenido. Por un momento pareció mirar a sus hijos. Después siguió la corriente hasta el mar y no regresó.
En la orilla encontraron unas uñas y un diente. Los recogieron y los enterraron.
—Desde entonces, en mi familia no comemos raya —terminó el visitante—. Cuando la vemos en un plato, recordamos a mi padre.
La sopa seguía sobre la mesa. El magistrado ya sabía por qué su invitado no podía probarla.



