Leopardo, llamado Njĕ, se había casado y su esposa esperaba un hijo. También Mbâmâ, Boa, se había casado, y su esposa estaba por dar a luz.
El tiempo pasó ligero, como un trago de agua. Primero nació el hijo de Boa. La madre se acostó en la cama de su propia madre, y cuando fueron a prepararle comida dijo:
—No quiero comer otra cosa que Njĕ.
Al día siguiente nació el hijo de Leopardo. Le llevaron comida a su esposa, pero ella la rechazó.
—Yo solo quiero Mbâmâ.
Boa no sabía qué hacer.
—¿Adónde voy a ir? ¿Dónde encontraré a Mangwata? —se preguntaba, usando otro de los nombres de Leopardo.
Leopardo tenía la misma preocupación, pero por Boa. Salió a caminar y a buscarlo. En el camino se encontró con Kudu, Tortuga, a quien también llamaban Manima-ma-Evosolo.
—¿Podés atraparme a Mbâmâ? —le preguntó.
Tortuga se rio.
—¡Eso es tan fácil como un juego!
—Entonces hacelo, compañero.
Kudu aceptó. Se separaron y, poco después, Tortuga se encontró con Boa.
—¡Manima-ma-Evosolo! ¿De dónde venís? —lo saludó Boa.
—Ando de paseo.
—¿Podrías atraparme a Njĕ?
—Eso es poca cosa.
—Por favor. Mi esposa tuvo a nuestro hijo y desde entonces no ha comido nada. Dice que solo quiere comer a Njĕ.
Tortuga regresó enseguida a su poblado. Llamó a los vecinos y les pidió que cavaran una fosa. Ellos fueron y la hicieron.
Cuando estuvo lista, Kudu buscó a Leopardo.
—Vení conmigo —le dijo.
Leopardo se puso en camino, seguro de que iba a conseguir a Boa. Siguió a Tortuga hasta el lugar de la fosa y, de pronto, cayó de cabeza dentro del pozo. ¡Volumú!
—¡Compañero! ¿Dónde está Mbâmâ? —gritó desde abajo.
Todavía no comprendía el engaño. Kudu no le respondió: se fue directamente al poblado de Boa.
—Vení conmigo —le dijo también.
Boa lo siguió sin dudar. Creía que por fin iba a encontrar a Leopardo. Al pasar junto al lugar preparado, cayó de cabeza en la misma fosa. ¡Volumú!
Leopardo lo vio caer a su lado.
—¿Y ahora qué es esto? —exclamó.
Desde arriba, Tortuga solo les dijo:
—Ahora pueden matarse entre ustedes.



