El príncipe Iván tenía doce años y nunca había hablado. Un día fue al establo a escuchar los cuentos de su amigo el mozo. Pero esta vez recibió una advertencia: su madre tendría una hija que se volvería una bruja terrible y devoraría a la familia y al reino.
Iván corrió a pedirle un caballo a su padre. El rey, feliz de escucharlo hablar por primera vez, no hizo preguntas. El muchacho montó y se alejó.
Encontró a dos ancianas cosiendo. Les pidió quedarse, pero ellas dijeron que morirían cuando gastaran sus agujas y su hilo. Más adelante, el gigante Vertodub arrancaba árboles: al terminar el bosque, acabaría su vida. Otro gigante, Vertogor, tenía el mismo destino cuando nivelara las últimas montañas.
Iván siguió hasta la casa de la hermana del Sol, que lo recibió como a un hijo. Vivía bien, aunque extrañaba su hogar. Desde una altura veía el palacio destruido y volvía con los ojos rojos.
Decía que era por el viento. La hermana del Sol ordenó que el viento dejara de soplar, y aun así él regresó llorando. Finalmente contó la verdad y pidió permiso para volver.
Ella le dio un cepillo, un peine y dos manzanas que devolvían la juventud. En el camino, Iván vio que a Vertogor le quedaba una sola montaña. Tiró el cepillo y aparecieron muchas más. Después lanzó el peine junto a Vertodub, haciendo crecer un bosque nuevo. Los gigantes tuvieron otra vez trabajo y tiempo de vida.
A las ancianas les dio las manzanas. Rejuvenecidas, le regalaron un pañuelo que podía desplegar un lago.
Su hermana lo recibió cariñosamente en el palacio vacío y le pidió tocar el instrumento de cuerdas mientras preparaba la comida. Un ratón salió de un agujero.
—¡Escapá! Está afilándose los dientes para comerte.
Iván montó a caballo. El ratón corrió sobre las cuerdas para que la música siguiera sonando. Cuando la bruja descubrió el engaño, salió a perseguirlo.
Él agitó el pañuelo y apareció un lago. La bruja lo atravesó. Vertodub vio acercarse al príncipe y amontonó árboles en el camino; ella los fue royendo. Vertogor puso montañas unas sobre otras y volvió a retrasarla.
Iván llegó a la casa de la hermana del Sol con la perseguidora casi encima. Ella abrió una ventana y él entró con caballo y todo.
La bruja exigió que se lo entregaran. Al recibir una negativa, propuso pesarse juntos en una balanza: si ella pesaba más, lo comería; si él pesaba más, podría matarla.
Iván subió primero. Apenas la bruja puso un pie en el otro plato, su peso lanzó al príncipe por el aire. Subió hasta el cielo, a la habitación de su protectora. La bruja quedó abajo, sobre la tierra, sin poder alcanzarlo.




