Esta historia cuenta que el rey Monobazo, gobernante de Adiabene, había abrazado la religión judía. Poco después, una hambruna azotó a sus habitantes. La gente no tenía qué comer y muchos morían de hambre.
Cuando el rey vio lo que ocurría, abrió los tesoros reales y repartió su riqueza entre quienes necesitaban alimento. Sus parientes ricos fueron a reclamarle.
—¿Es cierto que pensás abrir los depósitos que dejó tu padre?
—No es algo que esté pensando —respondió Monobazo—. Ya abrí todos.
—¿Y para qué?
—Para alimentar a los pobres de mi reino.
Sus familiares no quedaron conformes.
—Tus antepasados juntaron tesoros y vos los estás gastando.
El rey les explicó que entendía de otra manera lo que estaba haciendo.
—Ellos guardaron riqueza en la tierra; yo la estoy guardando en el cielo. Sus depósitos estaban al alcance de manos que podían vaciarlos. Lo que doy ahora queda en un lugar donde ninguna mano puede quitarlo.
Después siguió comparando ambos tesoros. Lo acumulado no daba fruto; lo repartido sostenía vidas. Sus antepasados habían reunido bienes para este mundo; él quería reunir algo que perdurara en el mundo venidero.
Monobazo terminó recordando una enseñanza de las Escrituras: la riqueza injusta no salva, mientras que la ayuda al necesitado puede librar de la muerte. Para él, alimentar a su pueblo no era destruir el tesoro. Era darle un destino.



