Cuando el Templo de Jerusalén todavía estaba en pie, un hombre pobre llamado Janiná vio a sus vecinos preparar las ofrendas que llevarían para una festividad. Él quería hacer un regalo también, pero recorrió su casa sin encontrar nada de valor.
Fue entonces a las canteras cercanas. Entre los desechos vio un gran bloque de mármol que habían apartado porque su superficie era demasiado áspera. Decidió alisarlo.
Trabajó desde la salida del sol hasta el anochecer. Con paciencia logró quitar las asperezas y pulir la piedra. Cuando la vio terminada, se alegró.
—Esta será mi ofrenda para el Templo. Ahora tengo que llevarla hasta allá.
Buscó cargadores. Encontró a doce hombres capaces de transportar el bloque y les preguntó cuánto cobrarían.
—Cien monedas de oro.
Janiná contó lo que tenía: cinco peniques.
—Es todo mi dinero. Ustedes también van a Jerusalén para la fiesta. Si llevan la piedra y confían en mí, les pagaré lo que piden cuando pueda ganarlo.
Los hombres pensaron que bromeaba, se rieron y se fueron. Janiná quedó solo junto al mármol.
Al rato se acercó un anciano.
—Qué hermosa piedra. ¿Sabés de quién es?
Janiná le contó que la había encontrado entre los desechos, que la había pulido y que prometió ofrecerla al Templo.
—Tal vez pueda ayudarte —dijo el desconocido—. Tengo cinco ayudantes. Si vos también ponés una mano, creo que podremos transportarla.
—Con mucho gusto. Además les daré estos cinco peniques: es todo lo que tengo.
El anciano aceptó. Cinco hombres altos se acercaron y pusieron las manos sobre el mármol. Janiná hizo lo mismo. De pronto avanzaron como arrastrados por una ráfaga, llevados por la enorme piedra.
En unos instantes estaban en el patio del Templo. Janiná se frotó los ojos, convencido de estar soñando, hasta que vio a los sacerdotes y levitas que se acercaban para saludarlo.
Se volvió para pagarles al anciano y sus ayudantes, pero habían desaparecido. Entregó entonces el mármol para la festividad y pidió que repartieran sus cinco peniques entre los pobres.
Lleno de alegría, agradeció el prodigio.
—Creo que el anciano era el profeta Elías, y que los cinco hombres eran ángeles —pensó.
Entonces sintió que el abrigo le pesaba mucho. Metió las manos en los bolsillos y los encontró llenos de monedas de oro. Volvió a su casa con dinero suficiente para vivir sin las privaciones de antes.



