En Ascalón vivía José, un vendedor ambulante de pocos recursos. Su mayor alegría era recibir el Shabat, el día de descanso de la tradición judía. Ahorraba parte de lo que ganaba durante la semana para preparar una buena mesa y ropa distinta de la de trabajo.
Los viernes por la noche y los sábados, las personas pobres eran bienvenidas en su casa. Había un mantel blanco, una lámpara encendida, pan, vino, carne y pescado. José y sus invitados cantaban y agradecían el descanso. A él le gustaba imaginar que recibía a una reina. Por eso lo llamaban el que amaba el Shabat.
Su vecino era rico, guardaba todo lo que podía y no compartía la fe de José. Un sábado lo reprendió por no trabajar.
—Perdés un día entero. Por eso sos pobre. Yo, en cambio, tengo más de lo que necesito.
Después habló con desprecio de quienes no tenían dinero, como si todos fueran responsables de su pobreza.
José respondió que no veía la riqueza del mismo modo.
—Hoy comí bien y estoy descansando. Me siento tan feliz como un rey. Vos pensás que el placer está en guardar; yo también lo encuentro en gastar de una manera buena. Tal vez siempre tengas más dinero que yo, pero eso no decide quién es más feliz.
Se despidió para ir a la sinagoga. Mientras José rezaba, el vecino se encontró con un astrólogo conocido en la ciudad.
—¿Qué leés en las estrellas? —le preguntó.
—Que tu fortuna está por cambiar. Dentro de treinta días, tu riqueza pasará a manos de tu vecino.
El hombre dijo que su vecino era José, el vendedor que amaba el Shabat. El astrólogo confirmó el pronóstico y le preguntó de qué servía poseer tanto si ni siquiera disfrutaba de ello.
El rico pagó la consulta, deseó que la predicción fuera falsa y volvió a su casa. Esa noche miró sus monedas con miedo. No soportaba imaginar a José rico y a él pobre. Sus prejuicios contra el vecino volvieron todavía más amarga esa posibilidad.
Decidió vender todas sus propiedades, comprar perlas y marcharse a Italia. Así creía poder impedir lo anunciado.
Al día siguiente convirtió su fortuna en hermosas perlas. Las ensartó en un cordón de seda, lo cosió a su turbante y subió a un barco. Ya caminaba por cubierta, convencido de haber dejado atrás a José y al astrólogo, cuando se levantó un viento fuerte.
Una ráfaga le arrancó el turbante y lo arrojó al mar. En un instante perdió toda su riqueza. Sus lamentos no pudieron recuperarla.
José siguió con su vida habitual. El viernes siguiente fue al mercado para comprar los alimentos de Shabat. Vio un rodaballo enorme en el puesto de pescado. Costaba tanto que nadie lo había comprado.
Él pagó el precio completo, contento de llevar algo especial.
—No se va a desperdiciar. Lo compartiremos con nuestros invitados —pensó.
Llegó a casa y se lo entregó a su esposa.
—Tenemos un pescado digno de un rey.
—Entonces será para vos —contestó ella.
José fue a cambiarse y prepararse para la celebración. Apenas había entrado en la habitación cuando la oyó llamarlo.
—¡Vení a ver lo que encontré!
Dentro del pescado había un cordón lleno de perlas. José se frotó los ojos. Los dos se alegraron al pensar que ya no tendrían que trabajar con tantas privaciones durante la semana.
Su esposa le preguntó si sabía algo del vecino. José había oído que vendió todas sus propiedades y compró perlas antes de partir.
—¿Y si fueran esas mismas? —se preguntó.
Ella respondió que no importaba a quién habían pertenecido antes: para ellos, aquella fortuna era un regalo de Dios. Confiaba en que sabrían usarla con el mismo cuidado con que habían aprendido a recibir y celebrar el Shabat.



