El relato sitúa a un príncipe en Beaudun, Francia, durante el siglo XIII. Quería que todos sus súbditos pensaran del mismo modo. Uno de sus amigos más cercanos era un rabino, experto en asuntos de gobierno, y al príncipe le molestaba que no compartiera su religión.
—Soy cristiano —le dijo— y quiero que todos sigan mi ejemplo.
El rabino le respondió que no podía desear una igualdad completa: si todos fueran príncipes, dejaría de tener súbditos. Una comunidad necesitaba personas con vidas, oficios y creencias distintas.
—Me refiero a la religión —aclaró el gobernante—. Todos deberán bautizarse el próximo Miércoles de Ceniza. Habrá una gran vela encendida en la plaza. Quien entre en la catedral antes de que se consuma será recibido. Quien no lo haga morirá.
Llegó el día. El arzobispo encendió la vela y las puertas quedaron abiertas. Ninguna persona de la comunidad judía acudió al bautismo. Esa noche encarcelaron a todos sus integrantes, excepto al rabino: hombres, mujeres y niños.
A la mañana siguiente los ejecutaron en la hoguera. El relato cuenta que murieron afirmando su fe en un único Dios.
El príncipe mandó llamar al rabino. Le ofreció honores, cercanía y continuidad en el servicio del Estado si aceptaba convertirse.
—Quiero conservar tu amistad —dijo—, pero no puedo emplear a un judío. Si rechazás el bautismo, tampoco podré salvarte.
El rabino respondió que valoraba su amistad y estaba dispuesto a dar sus bienes por el país donde vivía, pero había un límite que no podía cruzar. Para él, los honores de un gobernante no reemplazaban la dignidad que encontraba en su propia fe.
El príncipe perdió la paciencia.
—Tenés cinco minutos. Te bautizás o morís como los demás.
Cuando pasó ese tiempo, el rabino dijo que seguía sin querer convertirse. Sin embargo, propuso ir a la plaza: quizá ver el sufrimiento de su comunidad lo llenara de miedo y lo hiciera cambiar de idea. Pidió que el príncipe lo acompañara.
El gobernante aceptó, creyendo que finalmente conseguiría lo que buscaba. Al llegar les informaron que ya no quedaba nadie por ejecutar. Todos habían muerto.
Los dos se acercaron al fuego. De pronto, el rabino sujetó al príncipe y lo arrojó a las llamas; inmediatamente se arrojó él también. Ambos murieron. Allí termina esta historia de persecución, sin una salida que repare la destrucción de la comunidad.



