Un orfebre y su esposa vivían en armonía. En todo el país los señalaban como ejemplo de amor matrimonial. Tenían la costumbre de dejar una luz encendida toda la noche.
Una noche, el rey y la reina miraban desde su ventana la ciudad dormida. Vieron aquella luz y comenzaron a discutir sobre la pareja.
—Viven así por la virtud del marido —sostenía el rey.
—Por la de la esposa —insistía la reina.
Decidieron ponerlos a prueba. Al día siguiente, la reina envió a una doncella al taller del orfebre con un mensaje: se había enamorado de él y sería su esposa si mataba a la mujer con quien estaba casado.
—No cambiaría a mi esposa por el mundo entero —respondió el hombre—. Estoy contento con lo que el cielo me dio. No la cambiaría por mil reinas.
Después, el rey mandó a un sirviente a ofrecerle a la mujer del orfebre que se convirtiera en reina si mataba a su marido.
—¿De verdad? ¿Es cierto?
El mensajero lo confirmó.
—Entonces lo mataré esta noche. Cuando se apague nuestra luz, sabrán que empecé.
Al recibir la respuesta, el rey ordenó a sus hombres estar preparados para rescatar al orfebre en cuanto vieran apagarse la luz.
Esa tarde, el marido volvió a casa. Cenaron y conversaron como siempre. Después él apoyó la cabeza en el regazo de su esposa y se durmió. Ella le pasó una cuerda por el cuello, apagó la vela y lo estranguló. Cuando llegaron los hombres del rey, ya estaba muerto.
El rey sintió tanta pena por la muerte de aquel súbdito que comenzó a odiar a todas las mujeres. No durmió esa noche. A la mañana llamó a su primer ministro.
—Hoy saldré de caza. Antes de que vuelva, deberás matar a todas las mujeres del reino, viejas y jóvenes.
El ministro fue a consultar a su padre anciano.
—No obedezcas —le dijo éste—. Yo me haré responsable. Escondete unos días hasta que pase la cólera del rey.
Al volver de caza, el rey encontró vivas a las mujeres y montó en furia. Mandó llamar al ministro. En su lugar se presentó el anciano, apoyado en sus muletas.
—¿Dónde está tu hijo? ¡Le cortaré la cabeza antes de mandar cortar las de las mujeres!
—Larga vida al rey —respondió el anciano con voz temblorosa—. Dejame contar una experiencia. Después podrás cumplir tu orden si todavía lo querés.
—Hablá.
Mientras escuchaba, el rey ordenó a los soldados prepararse para la matanza.
—Yo era primer ministro durante el reinado de tu padre —comenzó el anciano—. Un día salimos de caza. Siguiendo a un animal me aparté de los demás y llegué cerca de una aldea, al otro lado del bosque. Un jinete desconocido me alcanzó. Me levantó de mi caballo, me puso delante de él en su montura y me ató. Era tan fuerte que no podía resistirme. Sujetó las riendas de mi caballo al suyo y me llevó a un cementerio.
»Allí buscó un lugar y empezó a cavar. Me obligó a sacar tierra detrás de él. Hicimos dos sepulturas y volvimos a montar.
»Llegamos al pie de un castillo. Me dejó bien sujeto a la silla y trepó por el muro. Poco después arrojó desde lo alto el cadáver de un hombre recién asesinado, sin cabeza. Bajó, lo cargó sobre mi caballo y regresamos a las tumbas.
»Yo estaba aterrorizado. Pensaba que una sepultura era para aquel cuerpo y la otra para mí. Pero me desató y me ordenó ayudarlo a enterrar al muerto. Cuando terminamos, me dijo:
»“Sé que sos el primer ministro. Escuchá mi historia y contásela al rey. Soy una mujer y amaba sin límites a mi marido. Este príncipe se enamoró de mí y mató a mi esposo para conseguirme. Juré, por el amor que le tenía, matar al asesino y enterrarlo a sus pies. Ya lo hice. También juré morir para descansar junto a mi marido. Por el cielo, enterrame en esta tumba y contá lo ocurrido”.
»Dicho eso, se hirió con un puñal y cayó muerta a mis pies. La enterré junto a su esposo.
El anciano miró al rey.
—Ahí tenés una esposa fiel y valiente. Si la mujer del orfebre te llevó a ordenar la muerte de todas, que esta otra sirva para salvarlas. ¿Por qué deberían morir tantas mujeres buenas por la maldad de una sola?
El rey revocó la orden. Sólo la esposa del orfebre fue ejecutada.



