El día que Noé salió del arca encontró una gran vid cerca del lugar donde había quedado la embarcación. Según esta historia, la lluvia del diluvio la había arrancado del jardín del Edén. Todavía conservaba raíces y racimos.
Noé probó las uvas y decidió plantar un viñedo. Eligió una colina y comenzó a trabajar. Al rato se sentó a descansar. Un desconocido se acercó y le preguntó qué hacía.
—Primero decime de dónde venís —respondió Noé.
—De recorrer la tierra.
—¿Cómo escapaste del diluvio?
—Estaba en Tierra Santa, donde no llegaron sus aguas.
Noé le explicó que plantaba vides para obtener uvas y vino. El desconocido miró la colina.
—Es mucho trabajo para vos. Dejame ayudar y seamos socios. Yo sé plantar viñedos.
Noé reconoció que él tenía poca experiencia y aceptó. Aquel extraño era Satanás.
Se alejó y volvió con un cordero. Lo mató bajo la vid. Después trajo un león e hizo lo mismo. Siguieron un cerdo y un mono. Mezcló la sangre de los cuatro animales y la derramó sobre la tierra del viñedo.
Noé miraba sorprendido.
—¿Qué significa todo esto?
—Representa lo que el vino puede hacer con quien lo bebe —respondió su socio.
En la explicación de Satanás, antes de beber una persona era como el cordero: tranquila, sin malas intenciones. Con la primera copa se sentía fuerte como un león y se creía incomparable. Con la segunda ya había bebido demasiado y se parecía al cerdo en el barro. Con la tercera se emborrachaba y actuaba como el mono: saltaba, decía disparates y dejaba de entender lo que hacía.
—Voy a recordar lo que decís —contestó Noé.
Los dos se separaron. El relato añade que Noé murió hace mucho tiempo, pero que Satanás sigue siendo socio de quienes plantan viñedos.



