Desde que dejó la casa de su padre en Ur, Abraham plantó una semilla de árbol en cada lugar donde se detenía. Pero ninguna echaba raíces. Seguía viajando y volvía a intentarlo, siempre sin resultado.
Al llegar a Tierra Santa plantó otra semilla. Esta vez creció un árbol extraordinario. Su follaje era tan hermoso que la gente hablaba de él por toda la región. Daba los frutos más dulces, y sus ramas tenían flores y fruta tanto en invierno como en verano.
Abraham anunció que el árbol estaba para beneficio de todas las personas. Los viajeros fatigados por el sol podían sentarse debajo. La sombra era fresca como un arroyo de montaña. El aroma de sus frutos aliviaba tanto el hambre y la sed que quienes se acercaban no necesitaban comer ni beber.
Así ocurría, cuenta la leyenda, con quienes creían en Dios. Pero si llegaba una persona que rechazaba esa fe, el árbol parecía marchitarse. La sombra perdía su frescura y el perfume dejaba de aliviar.
Entonces Abraham se acercaba al visitante y le hablaba de un único Dios, presente en el cielo y en la tierra, cercano a quienes lo buscaban sinceramente.
Cuando el visitante aceptaba esa enseñanza y levantaba la mirada con fe, el árbol recuperaba su esplendor. Los pájaros volvían a sus ramas y se unían al canto de alabanza.



