Al formar a la primera persona, Dios reunió polvo de los cuatro extremos de la tierra. El Espíritu de la Vida lo vio y preguntó por qué necesitaba traerlo de tantos lugares.
—Una persona puede viajar de este a oeste —respondió Dios—, o de oeste a este. Puede llegar a cualquier rincón del mundo y morir allí, lejos del lugar donde nació.
El Espíritu escuchó.
—No quiero que la tierra de ese lugar le diga: «El polvo de tu cuerpo no es mío. No naciste acá. Volvé adonde te formaron». Por eso lo reuní de todas partes.
Así, en esta historia, cada lugar podía recibir a quien llegara. Dondequiera que una persona encontrara el final de su vida, habría tierra a la que su cuerpo pudiera volver y un sitio para descansar.
El Espíritu de la Vida alabó a Dios por haber extendido su cuidado sobre toda la creación.



