En los inviernos más duros, un noble tenía una costumbre que nadie en su casa podía explicar. Todos los jueves se alejaba de la mansión y no regresaba hasta que estaba por amanecer. Había prohibido que alguien lo acompañara o saliera a recibirlo. Él mismo enganchaba el caballo al trineo antes de partir y él mismo lo desenganchaba al volver.
Nadie tenía permiso de ver aquel caballo ni aquel vehículo. Durante el día, el señor llevaba la llave del establo secreto contra el pecho; por la noche la escondía bajo la almohada. Había amenazado con matar a cualquiera que se atreviera a entrar allí al anochecer.
Su cochero conocía la amenaza, pero quería saber adónde iba su amo y qué clase de caballo y de trineo guardaba con tanto cuidado. Un jueves encontró la manera de entrar antes que él. Se escondió en un rincón oscuro, cerca de la puerta, y esperó.
No pasó mucho tiempo. El noble abrió, y de pronto el gran establo se iluminó como si hubieran encendido muchísimas velas. El cochero se encogió en su escondite, hecho un ovillo. Si su señor lo veía, pensó, cumpliría la amenaza.
El noble empujó el trineo hacia adelante. Brillaba como un yunque al rojo vivo. Cuando se apartó para buscar el caballo, el cochero se deslizó por el suelo y quedó escondido debajo del vehículo.
El señor enganchó al animal y cubrió tanto al caballo como al trineo con grandes telas: así los habitantes del patio no podrían ver aquella luz extraordinaria. Aprovechando el movimiento, el cochero salió de abajo y se acomodó detrás, sobre los patines. Por suerte, su amo no lo descubrió.
Cuando todo estuvo listo, el noble saltó al asiento y partieron. Avanzaban tan rápido que los patines resonaban sin descanso. El rumbo no cambiaba: siempre hacia el norte.
Después de varias horas, el cochero advirtió que las telas ya no estaban. Caballo y trineo brillaban de nuevo como fuego. Y no eran los únicos. Desde todas las direcciones llegaban señoras y caballeros en vehículos semejantes, tirados por caballos igualmente luminosos.
¡Qué carrera y qué estruendo! Unos pasaban a otros a toda velocidad, como si hubiera una apuesta enorme en juego o viajaran hacia una boda. El cochero miró hacia abajo y comprendió que ya no iban por la tierra: corrían por encima de las nubes, que se extendían bajo ellos como lagos lisos.
Pasado un rato, los corredores empezaron a quedar cada vez más atrás. Entonces oyó que su señor le decía al compañero más cercano:
—Hermano, los otros espíritus de la aurora boreal ya se están retirando. ¡Vámonos también!
El noble dio la vuelta y regresó a toda prisa, con el cochero todavía escondido detrás. A la mañana siguiente, todos comentaban que nunca habían visto una aurora boreal tan brillante como la de aquella noche.
El cochero no dijo nada. No le confió a nadie lo que había visto en su viaje. Solo cuando fue viejo y tuvo el pelo gris se lo contó a su nieto. Así la historia llegó a otras personas. Y se decía que aquellos espíritus todavía existen: cuando las luces del norte arden sobre el cielo de invierno, están celebrando allí una boda.




